La tarde es gris y desapacible. Pero al llegar a Grijalba, a 50 kilómetros de Burgos en la comarca Odra-Pisuerga, uno se olvida del mal tiempo y detiene su vista en una majestuosa iglesia. Imponente, para estar en un municipio de 120 habitantes. Al cruzar el pórtico de entrada, se oye el sonido de un órgano. Los compases del Canon de Pachelbel empujan hasta la entrada. Antes y después de traspasarla los ojos no dan abasto; capiteles con motivos vegetales, bóvedas decoradas, retablos, vidrieras, columnas... Pero cuando se detienen, el paso del tiempo muestra su cara más amarga en forma de deterioro, sobre todo en el rosetón y la portada.
La que toca el órgano es Rosa Maestro, vecina y guía ocasional de la iglesia. «Hay alguna tecla que no suena», le dice al párroco, Agustín Heras, que acaba de entrar. Mientras llega Inmaculada Terceño, concejala de Cultura, indican al fotógrafo los detalles más valiosos y las mejores vistas del templo. Se lo conocen al detalle, sobre todo las dos mujeres. El padre Agustín ha llegado hace año y medio y todavía se sigue sorprendiendo de la belleza y el valor de este monumento.
Para Rosa e Inmaculada, nacidas en Grijalba, la iglesia de Santa María de Los Reyes sobrepasa el sentido religioso y el rigor artístico. Va más allá y llega directamente al corazón. Porque el templo está unido irremediablemente a sus vidas, a los grandes acontecimientos familiares, a los recuerdos de la niñez, a los días grandes del pueblo... Por eso, no es de extrañar que, cada vez que abren las ventanas de sus casas o salen a la calle, la vista se detenga en el templo. Nunca dejan de mirarlo, y siempre descubren algo nuevo.
Inmaculada tiene el recuerdo asociado a los días de Semana Santa, «cuando veníamos a la Adoración y todo estaba oscuro». Y para Rosa quedan en su memoria aquellos largos ratos de rosario y vísperas, y la sensación de estar en un espacio mágico. Pero, además, las dos consideran el templo un icono, un espacio que todos los nacidos en este pequeño pueblo llevan en el corazón: «Es algo nuestro».
Pero esa sensación de pertenecen de la que hablan estas mujeres aparece en un momento concreto, 1985. «Ese año nos dijeron que la iglesia se caía por un problema estructural. Se cerró y no pudimos entrar hasta 1988, después de una actuación de urgencia de la Junta. Ese fue el momento clave», subrayan. Esa posible pérdida hizo apreciar más la importancia del templo, algo que ya puso de relieve Blas Treceño, escribano de la localidad, en unos apuntes del siglo XVII: «Perla de las iglesias de toda Castilla».
Por eso ahora, observan con bastante preocupación el deterioro que presentan algunas partes de la iglesia. Y subrayan las numerosas ocasiones en que esta situación se ha puesto en conocimiento de la Dirección General de Patrimonio, departamento competente al ser BIC desde 1983, por parte de la parroquia. «Necesita una intervención urgentísima tanto en la cubierta como en la portada y en el rosetón de la entrada. El rosetón está reventado al ir entrando agua y la portada arquivoltada ya no tiene base», recalcan, al tiempo que no se olvidan de citar la limpieza de los retablos o de la restauración del órgano mientras el párroco asiente con cierta resignación.
Grijalba reclama la restauración de Santa María de los Reyes antes de que estas deficiencias se agraven. Por eso aprovecharán haber quedado como tercera joya de Castilla y León en un concurso organizado por el periódico El Norte de Castilla, por detrás del Castillo de la Mota de Medina del Campo y de la zona arqueológica Pintia de Valladolid, gracias a los más de 19.000 votos recibidos. Hasta que llegue esa esperada y necesaria intervención, vecinos y parroquia seguirán colaborando en la conservación y cuidado del templo con pequeños arreglos que frenen su deterioro y no necesiten permisos mayores. En este punto, los tres elogian la «sensibilidad» de la gente. La misma que esperan recibir para que su iglesia siga luciendo imponente a la entrada del pueblo.
En la sacristía donde charlamos, del siglo XV y con puerta plateresca, hace mucho frío, aunque no tanto como para que haya pasado más de media hora sin darnos cuenta. Inmaculada, Agustín y Rosa salen a despedirnos. Pero antes, ésta nos enseña las tripas del órgano de 1724 y nos señala esa tecla que no suena. Y se pone a tocar. Ahora, un fragmento de la Salve Popular que pone la carne de gallina.