Se sorprende con nuestra llamada, pero en cuanto nombramos Presencio, 1979 y alcaldesa muestra una predisposición absoluta para contar su experiencia. La historia de una mujer de tan solo 24 años que decide contribuir desde su pueblo a la recién inaugurada democracia, impulsada por el rumor de que el municipio iba a transformarse en una junta vecinal.
En su caso, nadie vino a llamar a su puerta. Fue ella, animada por el secretario y el partido, la que tomó la decisión de presentarse. Y le echó ganas, seriedad y ética a su nuevo cometido: «Me considero una persona inquieta, con iniciativa y emprendedora. Por eso, el poder hacer algo por mi pueblo me llevó a tomar la decisión».
No sentía miedo, sino expectación ante lo que pudiera avecinarse por ser mujer y joven. Por eso estuvo preparada cuando tuvo un juicio por desacato a la autoridad y hacía oídos sordos a los comentarios maliciosos. «Me decían, pero dónde va esa chica con tan pocos años si es mejor tener un hombre como alcalde», recuerda restándolo ya importancia. Porque para acallar aquellas voces dio como lección que una mujer podía llevar igual que un hombre una Alcadía, incluso más al detalle.
En esos cuatro años hubo de todo; zancadillas, disgustos, problemas..., pero la experiencia resultó satisfactoria. Asfaltó calles, hizo un consultorio, restauró el rollo jurisdiccional, organizó unas fiestas dignas y «aprendió mucho de la gente».
Lo dejó en el 83 porque le resultaba difícil compaginar una nueva situación personal, se casó y tuvo una hija, y su trabajo como funcionaria. No descarta volver porque las cosas han cambiado y las mujeres están más apoyadas. Así anima a todas a trabajar por sus pueblos, a seguir luchando y a no dejarse arrinconar.