Mi pueblo está en la Ribera del Arlanza. Desde hace siglos utilizamos las uvas de nuestros viñedos para elaborar un producto líquido que consumimos con avidez y que llamamos vino. Algunos piensan que el nombre le queda grande. Es su problema.
Descendiendo a los detalles, y siendo sinceros, habría que decir que nuestro vino no es tinto. Se aproxima a lo que comúnmente se conoce como clarete, aunque, en honor a la verdad, muy claro, muy claro tampoco es. Nuestro vino no es que carezca de matices, simplemente los que tiene no encajan en las definiciones sibaritas al uso como afrutado, de retrogusto agradable o gran finura. Más bien podría decirse, siguiendo la terminología sibarita, que posee una gran persistencia en la memoria del consumidor. Si no es degustado a una temperatura próxima a la congelación puede, de hecho, resultar una experiencia difícil de olvidar y que a más de uno le puede hacer pensar seriamente abrazar la fe del mosto de por vida.
A pesar de que pueda parecer un producto tosco y poco refinado es, a la vez, sumamente frágil. Si es consumido en su lugar de origen, esto es, en una bodega de mi pueblo, se puede percibir con claridad la sutileza de sus aromas, su cuerpo agradable y su poder refrescante. Me pierde la pasión, los forasteros dirían, sin más, que tiene un pase.
Fuera de ese contexto, por ejemplo tomado en Burgos capital, el caldo pierde entre mucho y muchísimo. Los habitantes del pueblo lo atribuyen desde antiguo a algo oculto que se esconde bajo el suelo del alto de La Varga y que como dicen "lo echa a perder" y que pueden ser desde placas tectónicas, corrientes de lava o campos magnéticos. Lo que seguro no es, es nuestro vino o como lo querais llamar.
Salud y alegría.