Aún estamos a tiempo. Todavía no está terminada. Aún se le puede dar la vuelta. Y evitar repetir el error de los bloques rojos de Reyes Católicos. Los de la penúltima manzana de la ribera sur. Esos que están al revés. Que tienen la fachada principal en la calleja del Vena, y la trasera dando a la avenida noble. Me refiero a la nueva pasarela del Arlanzón, al lado MEH. La que está a medio montar.
El nuevo puente tiene dos apoyos de hormigón -los ingenieros de caminos los llaman pilones-. Son los dos muros gruesos -de sesenta u ochenta centímetros de espesor- que discurren paralelos al cauce, y que soportan el suelo del puente -los ingenieros de caminos lo llaman tablero-. La dimensión de los pilones es pura cuestión de cálculo. Depende del peso del puente. De la acción del viento. De las sobrecargas de uso -también del terreno sobre el que apoya-. Toda una serie de hipótesis que necesitan los calculistas para saber cuánto y cómo de gordo debe ser el hormigón que se precisa. Pero la forma es otra cosa. En la pasarela del MEH, si se fijan, verán que el perfil de los pilones tiene una silueta curva que recuerda la quilla de un barco. Ese gesto es formal. No de cálculo. Y, desde luego, no muy contemporáneo -si a los Alcántara les pusiese Benidorm, sería de vanguardia en Cuéntame-. Los remates de los dos cantos de los pilones también son formales. El del lado más cóncavo es de hormigón redondeado. El del más convexo es una pieza triangular de metal, la quilla, que se eleva por encima del tablero acabando en una farola alta. Y ese es el problema. La quilla está río abajo, y la curva río arriba. Exactamente al revés en un sentido formal.
No hay nada que obligue a introducir nostalgias marineras en la forma de un puente, de la misma manera que no es imprescindible hacerlo con los niños de primera comunión. Pero si se hace, si se mal copia una quilla, conviene situarla rompiendo las aguas. Contra corriente, que decimos los de río. Por pura percepción formal. Cuando eso no sucede, como en los bloques rojos de Reyes Católicos, la ciudad se convierte en una queja. Toda una vida de culo.