Estos días en los que todo ha sido memoria de Delibes he recordado el bello artículo que en 1961 apareció en Diario de Burgos titulado «Sedano sin Isaac Peña», que años después figuraría en Vivir al día (Eds. Destino. Barna, 1968 ). Ponderaba la destreza de mi abuelo con la caña de pescar y con el retel, de lo que puedo dar fe porque durante el verano las truchas eran cena frecuente en casa; no así Ios cangrejos, acaso porque mi madre pensaba que eran indigestos para un niño.
Siempre he considerado que con este elogio le reconocía ganador de un noble duelo entre caballeros, pero también que no faltaba la retranca porque si mi abuelo le daba cien vueltas con la caña, Delibes le daba muchas más con la caza. También doy fe de que ni perdiz ni codorniz caté vez alguna.
Al hilo de estos recuerdos quizá sea momento de reflexionar sobre una pregunta, escuchada en alguna ocasión, dentro de esa inquietud telúrica por el futuro de nuestros pequeños pueblos que lleva a sus habitantes a mirar hacia quien intuyen con poder o influencia, esperando su favor: ¿qué ha hecho Delibes por Sedano?
Pues aparentemente nada. Y en mi opinión es una notable aportación. Sedano una población de valle; pequeña, rural, sencilla y tranquila, cuyo activo más valioso en estos momentos es un caserío escasamente alterado en medio de una naturaleza austera, pero poderosa. Por bastantes sinsabores transcurrió la carrera de Delibes como para esperar que atraiga los favores de cualquier autoridad. Para éstas, cualquier persona no venal, independiente y con juicio propio sobre las cosas nunca es de fiar.
En su oficio como escritor, el saldo de su relación con Sedano difícilmente puede ser más favorable a Delibes, al haber hecho universal un lenguaje y una forma de hablar precisa y sintética, auténticamente propia del pueblo, a través de la cual y la ficción literaria reivindicado un modo de vida que no es el agrario ni rural, sino el del hombre dueño de sí propio (como dice el maestro Marías ), alejado del sinfín de engañabobos que nos entontecen cada día. Uno de los mejores representantes de este tipo de hombre, aparentemente poca cosa pero cuya dignidad personal y valía humana exceden de lo común, es el señor Cayo.
Que con lo poco que tiene, no eche en falta nada realmente necesario para su vida; y que no carezca de la palabra precisa para señalar cada cosa, cada situación y cada sentimiento, fuerza a Víctor -el protagonista de la novela- a reconocer que este hombre no nos necesita. Lo que culmina con el supuesto imaginario de que solo quedaran ambos sobre la faz de la tierra: «el señor Cayo podrá vivir sin Víctor, pero Víctor no podrá vivir sin el señor Cayo». No es difícil reconocer por las tierras de Sedano a muchos de estos personajes, pero sin Delibes ya no hay quien los escriba.