El humo despereza la mañana con olor a estepa y roble. Los rayos del sol se extienden por los ribazos y los cencerros salen de las majadas en busca de los finos pastos de los altos, donde el cierzo les cimbrea a conciencia. La rutina se adueña de las noticias del día. Uno más. Y único también. El paseo distraído camina muy atento a esa rabilarga juguetona; a la Zagala, la perra seria y despeinada que ejerce de mariscal protector al frente de sus ovejas; a los cuernos de corzo que en cuatro brincos abandonan el cauce molinar y se esconden en el monte; a esas huellas de jabalí que se delatan sobre el barro... Y de vuelta a la lumbre, por la orilla del río, esquivando excrementos de nutria a base de cangrejos, admirando una legión de bogas asustadizas que campea entre las berrañas y sorprendiéndose con el caminar de los "zapateros" sobre las aguas. Un milagro. Un milagro más de la naturaleza.
Eternas gracias, admirado Delibes.