Diario de Burgos
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viernes, 10 de febrero de 2012
Opinión
Carta del director. Raúl Briongos Velasco

Al maestro que nunca conocí

Raúl Briongos - domingo, 14 de marzo de 2010

La muerte de Miguel Delibes ha sumido a toda Castilla y León en una tristeza colectiva como pocas veces se ha sentido aquí, donde las duras condiciones de vida han forjado un carácter árido como la tierra de la que había que sacar el sustento. No es para menos. Como escritor ha dejado un obra magistral y solo ese puntito de buena suerte que es necesario tener para casi cualquier cosa le privó del Nobel, único galardón que se le resistió. Pero Delibes era mucho más que un novelista excepcional. Su coraje y austeridad personal, su amor a la naturaleza, su rigor profesional y su compromiso con esta región le habían convertido en un baluarte que atesoraba las mejores cualidades de esta tierra. Nunca presumía de ello, no obstante. Muy al contrario, siempre hablaba con mesura de sus múltiples aciertos y no le dolían prendas en reconocer sus fracasos.

No le conocí personalmente, y esa será una espina que llevaré clavada mientras viva, como un recuerdo indeleble. Por el contrario él sí que sabía cómo era yo aun sin conocerme. De hecho, mucho de lo que soy se lo debo a él. Me enseñó a amar la literatura con aquel ejemplar de Los Santos Inocentes que aún conservo, ajado por el tiempo, en la estantería, y también me mostró cómo era el alma castellana. Gracias a él, y a una magistral interpretación de Lola Herrera, supe lo que era el teatro y como los matices de Mario había que dosificarlos poco a poco.

Sus libros me enseñaron que la claridad y la economía del lenguaje son una premisa fundamental cuando se trata de contar una historia; que lo realmente difícil es la sencillez y que no hace falta adornar un texto con adjetivos superfluos para emocionar. También supe por él que los sinónimos no existen y que cualquier persona tiene algo que contar y merece por ello nuestra atención.

Otras lecciones me costó más tiempo aprenderlas. Por ejemplo, que el director de un periódico, antes incluso de sentarse en su despacho, tiene que haber escrito la carta de renuncia para evitar atarse a la silla; que solo se puede amar de verdad a una mujer en la vida o que cobrar una perdiz roja al atardecer puede dar muchas más satisfacciones que el mayor de los galardones.

Don Miguel seguirá siendo mi maestro. Sus libros me seguirán hablando por él y su ejemplo continuará guiándome. No podré ya estrechar su mano curtida y se me ha hurtado para siempre la posibilidad de mirarle a los ojos, pero estará siempre presente. Descanse en paz.

rbriongos@diariodeburgos.es

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