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Opinión

La tradición vitícola lermeña

Francisco Montoya Ramos (*) - lunes, 22 de junio de 2009

Arlanza, sus vinos, su reciente interés por el viñedo, que ha culminado con el reconocimiento de la Denominación de Origen, hace exactamente dos años, no es un exotismo. El éxito de laRibera del Duero ha tenido su influencia en la reciente inquietud creada y sus enseñanzas han sido importantes. Pero la cultura vitícola de la comarca, con Lerma como capital, tiene una tradición. Tan profunda como las raíces de las cepas centenarias que, superando todas las adversidades, perduran aún en sus campos. No es el renacer vitivinícola de la comarca lermeña lo sorprendente, sino su anterior decadencia vitivinícola.

En sus publicaciones históricas, Fray Valentín, destaca la importancia que el viñedo tenía en la comarca en la Edad Media con numerosas citas. Recoge, por ejemplo, que «el viñedo se espesaba desde Hortigüela hasta la desembocadura del Arlanza», que «la familia condal gozaba de viñas y los monjes de Arlanza las mimaban en la zona de Lerma» ó que «Covarrubias alaba sus propios caldos y la abadesa reclama a cada vecino de su fuero un pozal de vino»...

El Catastro del Marqués de la Ensenada, en 1750, es otra confirmación de la importancia alcanzada por el viñedo en Arlanza, en aquella fecha. Muestreando el Catastro se conoce, por ejemplo, que en Villalmanzo existían unas 300 ha de viña, más de 200 ha en Lerma, 25-30 ha en Zael, unas 80 ha en Peral de Arlanza, 140-150 ha en Villahoz, etc, pruebas suficientes para demostrar que el viñedo, mediado el siglo XVIII, era un cultivo generalizado.

Cuando Madoz publica su Diccionario Geográfico Estadístico Histórico de España, entre 1845 y 1850, reseña que en 28 municipios lermeños el vino es un producto de interés. No cuantifica las producciones, pues el Diccionario no llega a ser científicamente estadístico, como anuncia su título, pero las ordena de acuerdo con su importancia; y es bastante significativo que, casi siempre, a la producción de vino sólo la preceden los cereales y las leguminosas. Y Huez de Lemp, ya mediado el siglo XX, constata que en Villalmanzo el 13% del terreno de cultivo es viña, en Covarrubias el 15%, que en Santa María de Campo existen 220 ha de viñedo, ó 170 ha en Mahamud.

Cuando en el año 1888 se impone un canon de 0,50 pesetas /hectárea sobre la superficie de viñedo, para sufragar el coste de la lucha contra la filoxera, que se estima oficialmente en 38.000 ha en la provincia burgalesa, la Diputación está obligada a asumir la obligación de anticipar al Ministerio el pago que después repercutirá a los ayuntamientos. Los municipios, a los que se les pregunta, para hacerles la liquidación, declaran sólo una superficie de viñedo de 16.062 ha, 3.001 de ellas los del partido judicial de Lerma, el 19 % de la superficie provincial. Aun en el caso de que los municipios lermeños fueran más veraces en su declaración, la cifra es importante.

Revisando el Archivo Provincial sorprende el protagonismo de Lerma en la denuncia del peligro de la filoxera. Ninguna comarca burgalesa, ni siquiera la Ribera, más dependiente económicamente de la viña, se alarmó tanto cuando la plaga, tras causar estragos en Francia, y aparecer después en Gerona y en Málaga, llegó a nuestra provincia.

El 12 de setiembre de 1904 la Comisión Local de Defensa contra la Filoxera de Lerma, al confirmarse técnicamente que sus viñedos estaban afectados, eleva a la Diputación un escrito en el que llega a decir que «conocidos los efectos destructores de aquel parásito se ve próxima la destrucción de todo el viñedo en una región extensa llevando la miseria y la emigración forzosa a miles de familias que en el trabajo del viñedo y con sus productos se sostienen en la actualidad».

En el mismo escrito, con evidente exageración provocada por el lógico temor, se refleja también la importancia que el viñedo tenía para los miembros de aquella Comisión Local. Se preocupan por los jornaleros que «faltando los jornales tendrán que emigrar» pues «si un cultivador de cereales en una determinada extensión de tierra emplea un jornal, el de vides de esa misma extensión necesita el trabajo de cien jornales» ó «se quedarán yermos terrenos que para nada valen». No se olvidan de los oficios derivados « los boteros, los cuberos, los toneleros, los encargados del arrastre y de varios oficios que sin el cultivo de la vid no pueden sostenerse desaparecerán también rápidamente».

Si cierta es la constancia histórica de la abundancia de viñedo en Arlanza, también ha sido general el criterio de que la calidad del vino producido era baja. H. de Lemps señala que «El vino producido en el valle de Arlanza es, en general, un «clarete» bastante ligero (10 grados de media) que se consume antes del verano puesto que se conserva mal». Y esta sí que ha sido la gran conquista moderna: ¡Convertir aquel churrillo en un vino de calidad! El milagro lo han hecho los productores bajo la inteligente dirección técnica de la Asociación promotora, hoy convertida en Consejo Regulador de la D.O. Arlanza.

Lo conseguido se ha basado en la selección de variedades de vid, en el control de la producción por cepa, en vendimiar en el punto de maduración preciso, en tratar a la uva como a un fruto de primor, en fermentar el mosto a la temperatura adecuada, en conservar el vino en recipientes de acero inoxidable o en barricas del mejor roble, siempre en ambientes escrupulosamente limpios...El milagro, sólo basado en prácticas naturales, se completa con una buena presentación, garantía de un largo proceso bien dirigido.

La conclusión es que los cimientos, la tradición vitícola de la comarca de Arlanza, efectivamente, ya existían. Consolidarlos, y asentar sobre ellos la moderna vitivinicultura ha sido la labor, correctamente dirigida por la Asociación promotora primero, y por el Consejo Regulador Arlanza después. La esperanza, fundada, es que el viñedo en la comarca recupere su protagonismo, y que su futuro sea brillante. El beneficio para la gente del campo y para la economía comarcal no admite dudas.

(*) Francisco Montoya Ramos es doctor ingeniero agrónomo

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