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miércoles, 08 de febrero de 2012
Opinión
Tribuna local

Señora de rojo

José Ramón Ayllón - sábado, 13 de marzo de 2010

Para la lectora joven el libro es una clase impagable sobre el difícil arte de ser mujer

Si el borroso matasellos de la respuesta no me engaña, escribí un christma a Miguel Delibes en diciembre de 1990, con una doble felicitación por la Navidad y por el Premio Cervantes. Y con la osadía de sugerirle el tema de una novela: su mujer y su familia. Delibes me contestó, como solía, con un sello pegado a un tarjetón sin sobre, y al dorso su agradecimiento y una excusa: «No soy escritor de oficio. No escribo lo que quiero sino lo que puedo, lo que me exige dentro de mí ser expuesto». Justo un año más tarde llegaba a las librerías Señora de rojo sobre fondo gris, magnífica semblanza de una mujer entre un millón.

El argumento es sencillo y bien conocido. Un prestigioso pintor -fácil de identificar con el propio novelista- va desgranando ante su hija mayor sus recuerdos más íntimos. El largo monólogo se centra en dos acontecimientos que ocurrieron al mismo tiempo: el encarcelamiento de esa hija por motivos políticos y, sobre todo, la enfermedad y muerte prematura de su mujer, Ana, a los 48 años. Ella es la señora de rojo, retratada al óleo sobre fondo gris. Una mujer en posesión del delicado secreto de iluminar las vidas de los demás, que supo contagiar alegría y plenitud, también entre las zozobras de su enfermedad.

Ahora que los antimodelos ganan por goleada, es una estupenda sorpresa conocer a una mujer que «cumplió 48 años tan grácil y atractiva como cuando la conocí en el parque, a los dieciséis». Tenía un gusto artístico notable y una gran afición a la lectura. Era equilibrada y perspicaz, imaginativa y sensible. «La zafiedad la humillaba hasta extremos indecibles». Sabía disfrutar del presente en toda su intensidad, contagiaba alegría y «era imposible sustraerse a su hechizo». Por eso, cuando ella se apagaba, todo languidecía en torno. «Juzgaba a las personas con un criterio primario: decentes o indecentes, pero ser catalogado como indecente suponía únicamente que había perdido su confianza. No iba más allá, era incapaz de rencores; menos aún de rencores vitalicios. La aburrían. Durante los primeros meses de matrimonio, cada vez que discutíamos, se ataba un hilo al dedo meñique para recordar que estábamos enfadados. Luego lo olvidó; llegó a olvidar incluso la razón por la que se había atado el hilo».

Ana se casó muy joven y disfrutó de sus siete hijos. Después, el cáncer y su primera nieta llegaron a la vez. Cuando nació la niña, cualquier motivo era bueno para desplazarse a Madrid. «Compréndeme, decía, diez años sin tener en brazos un bebé». Y así, «cada mañana, al abrir los ojos, se preguntaba: ¿Por qué estoy contenta? E inmediatamente, se sonreía a sí misma y se decía: Tengo una nieta». Estaba orgullosa de ser abuela y paladeaba esa palabra como un caramelo. Ingresada en la clínica, cuando apenas podía hablar, deseaba estar sola, pero la irrupción de la niña la animaba. «Después de verla corretear, nos pedía que descorriéramos las cortinas y se la acercáramos. La analizaba facción por facción, y en esa inspección se olvidaba del dolor de cabeza, del aire estancado en su cerebro. Desde que nació sintió pasión por la pequeña».

Para cualquier lectora joven, Señora de rojo sobre fondo gris es una clase impagable sobre el difícil arte de ser mujer. Y, para todos, es el retrato cumplido que Miguel Delibes nos ofrece de «una mujer que con su sola presencia aligeraba la pesadumbre de vivir». Y también una delicada y original historia de amor. Y un canto a la familia. Y una profunda lección de humanismo.

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