La ballena, con una esperanza de vida superior a los cien años, siempre que no se cruce en su camino un ballenero o acabe noqueada por un superpetrolero, tiene un ritmo cardíaco de entre 10 y 15 latidos por minuto. La etérea musaraña no vive más de dos años, pero su corazón palpita 850 veces cada 60 segundos. El ser humano, el único bicho viviente que sabe que tiene los pálpitos contados, ha logrado duplicar su expectativa vital gracias a la ciencia, la medicina y los avances propios de la civilización, llegando a sumar su motor hasta 2.000 millones de latidos, cifra equivalente a 64 años de vida, la media mundial, aunque los habitantes de Níger, por ejemplo, rara vez alcanzan los 51, mientras que nosotros, los españoles, la superamos en más de diez años, o hasta en cinco lustros, como Miguel Delibes, cuyo librillo de papel perdió definitivamente la hoja roja.
Ayer se paró el corazón de un maestro, casi un paisano; cazador, pescador, un ser pegado a la tierra, a los páramos y los campos que tanto y tan bien conocía. Una persona vital, entusiasta y crítica hasta que su motor, tras muchas primaveras a pleno rendimiento, rebasó con creces los 2.000 millones de latidos, muchos de los cuales consumió recorriendo a golpe de calcetín las trochas, promontorios y laderas de Sedano y aledaños, su segunda y querida residencia.
Tras el aluvión de elogios, muestras de cariño y admiración, y las consabidas declaraciones de duelo, unas ajustadas, otras excesivas, grandilocuentes, de manual, sus lectores, millones, seguimos de enhorabuena porque nos quedan sus libros, compendio de vivencias, días de caza, de incontables devaneos con sus amigas las truchas, de amor a las palabras, al castellano viejo e ilustrado de un hombre sencillo que, pese a tanta penumbra, siempre confió en el ser humano, en sus santos inocentes.