Hoy hace seis años se instaló la ausencia en doscientas familias españolas. Se instaló de manera definitiva. Las bombas destrozaron cuerpos y desaparecieron. Vino la ausencia silenciosa y doliente. Esa que duele en lo más hondo y que te hace pensar que la vida se acaba. En otros muchos centenares de casos, la presencia se convirtió en el permanente recuerdo del horror. Los heridos de por vida, los mutilados, se quedaron aquí, en sus casas, con los suyos, que aun a día de hoy y probablemente por mucho tiempo tienen que convivir que algo que nunca imaginaron. Son las secuelas, las huellas indestructibles de la violencia ciega, del fanatismo, del desprecio profundo y cruel al otro. Por desgracia, en España acumulamos ya demasiadas ausencias. Una sola es terrible, pero cuando se cuentan por centenares el horror se multiplica.
Muy parecido al horror es lo que ha debido vivir Alicia Gámez, secuestrada junto con otros dos cooperantes por terroristas de Al Qaeda. Afortunadamente ella está en casa y su vuelta nos alegra y nos conmueve. Su buen aspecto físico, su serenidad, incluso sus pendientes no son atenuante alguno a lo que no deja de ser un atentado en todo regla, una tortura mantenida en el tiempo de la que, como es lógico, no ha querido dar detalles. Ni ella, ni el Gobierno, que como todo Gobierno democrático niega haber pagado rescate alguno. Este extremo nadie se lo cree, pero en estos momentos, con ser un dato importante, es secundario cuando están en juego las vidas de dos ciudadanos españoles.
No sé hasta qué punto delincuentes marítimos y secuestradores islamistas, son comparables. Tampoco sé si ambas realidades están conectadas entre sí aunque sea por un sutil hilo. Entre los expertos de inteligencia hay teorías para casi todos los gustos y, desde luego, se trabaja con todas las hipótesis imaginables, pero lo cierto es que unos y otros pueden poner en jaque a todo a un país y en ocasiones causar auténticos estragos humanos.
El riesgo cero no existe, ni ningún Estado democrático puede emplear métodos que ni por asomo puedan parecerse a los de los terroristas, bien del mar, bien del desierto, pero me llama la atención el hecho de que ningún Estado que ha tenido a nacionales secuestrados en el desierto haya intentado la liberación de los mismos. Es como si se hubiera asumido un protocolo según el cual hay que tener prudencia, guardar silencio y esperar a que los secuestradores den alguna noticia. A partir de ahí se inician los contactos a través de extraños vericuetos, que nunca conoceremos con exactitud, y se acaba pagando. Es un ritual que nadie, al parecer, cuestiona. Yo no me atrevo a hacerlo, pero sí digo que es un ritual en el que los secuestradores, objetivamente visto el asunto, siempre ganan. La vida de un ser humano no tiene precio; por ello, cuando alguien lo pone, hay poco o ningún margen para no pagarlo. Pero o los Estados democráticos comienzan a pensar en posibles nuevas estrategias, o el ritual se convertirá en rutina.