Hablaba el otro día con un madrileño que lo único que conoce de Burgos son la calle Vitoria hasta la plaza del Rey y la avenida de Cantabria, es decir, las dos arterias principales de la ciudad. Además, conoce lo que le permite el minuto escaso de parón ante un semáforo en rojo, nada más, un tiempo al parecer suficiente para convencerle de que nuestra ciudad tiene poco que ver y es tan fría, anodina y "castellana" (en el sentido peyorativo del término, como diría Rosa Diez) como algunos la quieren pintar. Lamentándolo mucho, este viajante accidental de semana laboral, tiene parte de razón: sus recorridos -los más transitados, por cierto, de la capital y su principal escaparate para miles de automovilistas- no hacen honor a los tesoros patrimoniales y urbanísticos que Burgos esconde a escasos metros. Estamos ante dos avenidas de rasgos vulgares, perdidas en los años 70 del pasado siglo, donde imperan los coches en caravana o aparcados en procesión, comercios y edificios en muchos casos vetustos y mal conservados y unas aceras con baldosín gris de cuadritos y bancos de hierro como hace cuarenta años. Si queremos atraer a cientos de miles de turistas cada año, habría que tener en cuenta que nuestros principales escaparates viarios necesitan un retoque serio e imaginativo que les permita rejuvenecer cuatro décadas. Necesitan además reclamos informativos para captar la atención del automovilista sobre lo que se pierde si pasa de largo, y no solo desde el punto de vista turístico, sino también del comercial, cultural e industrial. En pleno siglo XXI, esta claro que el que no se sabe vender no triunfa, aunque tenga el mejor género del mundo y Burgos, sin duda, lo tiene.