En los últimos tiempos, en determinadas tertulias radiofónicas y televisivas y en algunos medios de información escrita, se viene poniendo el punto de mira sobre los funcionarios como una de las causas de la crisis económica en la que vivimos desde hace dos años. Creo, sinceramente, que la raíz del problema no está aquí sino, sobre todo, en el modelo económico en el que hemos cimentado nuestro crecimiento en las dos décadas pasadas. A veces, algunas voces "cualificadas" reclaman medidas drásticas en relación con el sector público si se quiere salir de la situación en la que nos encontramos. Proponen que el número de funcionarios se reduzca sensiblemente, que se congelen sus sueldos o que se les disminuyan, desviándose al sector privado determinados servicios prestados desde la administración. En este sentido, creo que será bueno recordar que muchos funcionarios rondan los mil euros en sus salarios y que se han apretado notablemente el cinturón, en los últimos años, con la congelación de sus sueldos o con subidas mínimas incluso en épocas de bonanza. No conozco a ningún funcionario millonario y, a pesar de los tópicos, en su inmensa mayoría son personas trabajadoras volcadas en sus tareas.
Por supuesto, que hemos racionalizar y reordenar el sector público que quizá en los últimos lustros ha tenido un crecimiento poco armónico, sobre todo en algunas administraciones. Pero no olvidemos que son trabajadores públicos los que nos curan, apagan los fuegos, enseñan en muchos casos a nuestros hijos, se encargan, a veces en condiciones de gran precariedad, de hacernos vivir en un país más seguro, vigilando nuestras calles y carreteras e impartiendo justicia, o de una manera menos visible conforman el entramado que hace posible que nuestro país funcione. Soy un ardiente defensor del sistema liberal y siempre he pensado que el mercado tiene virtudes y hace crecer a los países. Pero no creo que siempre, sobre todo en determinados ámbitos, sea capaz de dar servicios de calidad que lleguen a todos de manera igualitaria, cuando sólo entra en juego, como elemento rector esencial, el beneficio puro y duro. Recordémoslo cuando hagamos algunas propuestas maximalistas al respecto.