La semi-presidencia europea que ostenta España conduce a un tráfico burocrático de viajes, reuniones y fotos que ocupan a los dirigentes políticos, atrapados en el vértigo de traslados, discursos y retratos. Los discursos suelen ser inanes, protocolarios, ni se escuchan, ni emocionan, ni mueven a la acción. Y las fotos empiezan a ser irritantes, pérdida de tiempo, mera apariencia y mucho gasto.
La política se queda en fotos sin contenido que merezca la pena. Fotos en la Alhambra, entre personas que aparentan que hablan cuando no hablan, que solo repiten lo ya conocido, eso si con mucha gravedad; fotos en palacios como el de Zurbano de Madrid, con personas que van a negociar un pacto, pero que no quieren negociar. Fotos en la Casa Blanca que enseñan tono de buen rollo en comidas intrascendentes.
Las actividades de los políticos ya no necesitan de periodistas atentos para preguntar y para explicar las respuestas y los silencios; ahora basta con un cámara y un fotógrafo para dar fe de que la nota oficial posterior tiene excusa, que pasó algo que la justifica. Pero de fuste, poco.
Llaman foto de familia al posado de todos los participantes en esas reuniones aparatosas dominadas por el protocolo y dedicadas, sobre todo, a aparentar y a cierto tráfico de favores y de papeles. Cada una de esas mal llamadas fotos de familia (¿por qué llamará familia a lo que no lo es?) me lleva a preguntarme: ¿cuánto cuesto todo esto? ¿quién paga? ¿tiene algún provecho?
El Gobierno imaginó que las fotos de este semestre europeo iban a otorgar al presidente una notoriedad y una fama como para dar la vuelta a unas encuestas desfavorables. Sospecho que puede ocurrir lo contrario, que el personal está hasta el moño de tanta apariencia y tanto desperdicio, que no ve la utilidad de semejante trajín. Así que el efecto de las fotos podría ser el contrario del esperado y buscado. Probablemente a más fotos, más rechazo, pero las agendas están llenas de viajes, de fotos y de posados.