S e abrió el telón y empezó el espectáculo. La III edición de la Gala Mágica, organizada por la Asociación Ilusionarte, consiguió dejar maravillado al público que abarrotó ayer por la tarde la Casa de Cultura. No era para menos. El cartel prometía. A escena subieron Amadeo Edama, maestro en ilusionismo; Eduardo Galeano, un joven argentino con raíces mirandesas, y Bond, profesional que entremezcla como nadie la magia y el humor. Tres grandes figuras de la ilusión y la magia que protagonizaron un gran espectáculo, Trivium, tres luces mágicas.
Con una puesta en escena notable, combinando la música y el baile con los distintos números, los ilusionistas demostraron que los sueños pueden hacerse realidad. Y si no que se lo digan a Mario, un joven que se acercó desde Logroño para asistir a la gala y que fue escogido al azar por Bond para protagonizar un par de números. Primero el mago adivinó los números de la lotería que fueron elegidos por el público. El chaval, literalmente se quedó con la boca abierta.
Después, y antes de despedirse, le pidió que le contara su sueño, qué le gustaría comprar si le tocara la lotería. «Un coche amarillo», dijo Mario. Al instante, abrió una caja que tenía guardada en un globo y ahí estaba el coche (en miniatura, claro).
el rey de los aros. Los aplausos se sucedieron a lo largo de la hora y medio que duró el espectáculo, y al que asistieron familias enteras e incluso magos de ciudades cercanas atraídos por la calidad de la función. Eduardo Galeano demostró su habilidad para jugar con una partitura de música y demostró no tener rival a la hora de mantener en el aire y mover a su antojo diferentes aros.
La magia es sueño, es suspense, es emoción. Y precisamente la emoción mantuvo en vilo al público cuando Amadeo Edama escondió en un cofre a una de sus ayudantes. Lo llegó a cruzar con hasta tres espadas de samurais. Si están pensando en que la chica volvió a aparecer después sin ningún tipo de rasguño, están en lo cierto. Pero, ¿cuál es el truco? ¿cómo lo consiguen los ilusionistas?
Esa es la gracia del mundo de la magia, que los trucos sigan siendo trucos y nunca se desvelen.