Diario de Burgos
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martes, 22 de mayo de 2012
Miranda
Investigación / Enología

Un grupo de expertos sienta las bases para recuperar la producción de chacolí

DB / Burgos - domingo, 07 de marzo de 2010

Media docena de investigadores han recopilado durante un año datos sobre el cultivo de uvas y la producción del vino joven en el norte de la provincia. Han constatado la supervivencia de antiguas variedades de vid en los campos

Son muchos quienes recuerdan el olor a chacolí que se extendía hasta hace medio siglo desde la parte vieja de la ciudad. También hay quien usa como referencia los antiguos locales donde se vendía el vino para indicar una dirección actual. El caldo producido en la propia comarca condicionó hasta la década de los 60 los hábitos de muchos mirandeses en su tiempo de ocio y en la forma de relacionarse en los barrios. Aún perduran muchas sensaciones en la memoria. Los chacolíes Chamorro, Samuel, Pildorita, el Manquillo, etc. resultan evocadores hasta el punto de que un grupo de investigadores ha dedicado un año a estudiar cuál es la situación actual del chacolí en el norte de la provincia burgalesa. El propósito de la investigación científica e histórica es sentar las bases para, con la colaboración necesaria de las administraciones, recuperar la elaboración y la plantación de uvas chacolineras.

Media docena de expertos en la materia han recopilado durante un año documentos y fotografías de toda actividad relacionada con el chacolí, tanto en la bodega museo de Montejo de San Miguel (Valle de Tobalina) como en el Centro Histórico Burgalés y en varios archivos en Madrid, además de consultar una extensa bibliografía. El estudio lo ha publicado la revista especializada Enoviticultura en su número de enero y febrero.

El trabajo pretende reunir todos los datos que denotan la trascendencia que tuvo el vino en la comarca, siempre con el propósito de rescatar la tradición. «Aún quedan zonas muy pequeñitas en las que todavía hay cultivos de chacolí. Se trata de intentar recuperarlo. El problema fue la filoxera que arrasó con todo. Se introdujeron portainjertos americanos, pero en la zona de Burgos ya habían desechado la plantación de viñas y los terrenos los dedicaron al cultivo de cereal, remolacha y otros», explica José Antonio Salinas; mirandés y uno de los promotores del proyecto.

En la actualidad las explotaciones den dides que aún sobreviven en el norte de la provincia son de carácter residual y la elaboración de chacolí es para consumo propio, sin nigún interés comercial.

Tal y como recogen los estudiosos, en la edad moderna, según los aforos de vino de Miranda, a finales del siglo XVI se producían unas 40.000 cántaras (la cántara equivale a 16,13 litros).

La producción del vino bajó bastante en los dos siglos siguientes. Los picos de producción más altos correspondientes a los años 1688 y 1771, en los que se llegaron a producir 19.458 y 29.168 cántaras, respectivamente. En 1891 la producción fue de 70.000 cántaras. El número de bodegas, cuevas y casas para la elaboración enológica en la ciudad llegó a ser de 104 en 1629.

También sirve como prueba de la pujanza histórica del chacolí en la comarca que en la Exposición Vinícola Nacional de 1877 celebrada en Madrid -el primer evento importante de estas características- la provincia burgalesa presentó 169 productos enológicos, de los que 26 eran chacolíes. Entre estos últimos, recibieron mención las muestras enviadas por el Ayuntamiento de Cornudilla y por Andrés Sojo, un productor mirandés de chacolí.

Variedades propias

El arduo trabajo realizado por los investigadores no se ha centrado sólo en la recopilación de datos en los archivos; también ha supuesto un importante trabajo de campo.

«Defendemos la idea de que el chacolí de la parte de Castilla es un vino con unas variedades de vid, que no son las originales de cuando se fundó el Condado de Castilla, pero que son fundamentalmente españolas mientras que las del País Vasco son francesas e incluso alemanas. Para recuperar esas variedades sólo haría falta ayuda instuticional», pide Rafael Ocete, catedrático de la facultad de Biología de la Universidad de Sevilla, que también ha sido parte fundamental en el estudio.

Han llevado a cabo una prospección de las cepas que quedan en la zona, centrándose en las parcelas cultivadas, abandonadas y en los especímenes que aparecen asilvestrados. Admiten que el muestreo no es exhaustivo y que, «con toda seguridad», hallarían más variedades en un examen más minucioso. «Sería conveniente recurrir a la identificación genética mediante microsatélites de ADN», recomiendan.

En el territorio mirandés han constatado la presencia de la uva Calagraño, Viura, Garnacha Blanca, Garnacha Tinta y Tempranillo. Además, en un informe realizado por el perito agrícola Arturo Marín González en 1964, se recoge también la presencia abundante de Blanca Rojal o Malvasía de Rioja en el cerro de La Picota (zona de Entreviñas). Han constatado la existencia de otras uvas en La Bureba, Tobalina y Valle de Mena.

Los cambios de variedades más drásticos se produjeron a partir de la segunda mitad del siglo XIX, según los expertos, con la llegada de las plagas parasitarias norteamericanas: oídio, mildiu y filoxera. Entonces se aceleró la pérdida de las antiguas variedades; las más representativas hasta entonces fueron la Tempranillo (50%), Cornigacho (30%) y Mazuelo (20%). En Miranda, de las 1.045 hectáreas de viñedo que había en 1850 sólo quedaban 78 en la década de 1960.

A principios de la década de 1860 llegó el oídio. Hacia 1885 hizo su aparición el mildiu y en 1898 se detectó la filoxera en Miranda La plaga fue detectada en los cercanos viñedos de la localidad riojana de Sajazarra poco después, el 5 de junio de 1899.

«El problema es que ahora la gente que ha elaborado chacolí con sus padres no conoce ni las variedades; un problema impresionante», lamenta Ocete. Sin embargo está convencido de aún es posible darle la vuelta a la mala época que vive el caldo.

Los expertos consideran que la producción de chacolí puede ser una buena alternativa económicaproque en caldo hay más demanda que oferta. En este sentido, es imprescindible que la Administración abra líneas de subvención para que los agricultores cambien maquinaria y cultivos, además de formarse. Los autores del estudio se han dirigido por escrito a varios ayuntamientos -entre ellos figuran Miranda y Briviesca- con el fin de que colaboren en relanzar la producción.

Por otra parte, no hay que perder de vista los valores medioambientales del los viñedos; la vid es un cultivo óptimo para proteger el suelo de la erosión en las laderas. Un cultivo que, además, permite un tratamiento ecológico de la uva y del producto final. La producción integrada eliminaría gran parte de los problemas sanitarios.

En las conclusiones, el estudio defiende que la puesta en marcha de la producción chacolinera podría aprovecharse para impulsar el turismo rural mediante el diseño de rutas de enoturismo.

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