Diario de Burgos
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martes, 22 de mayo de 2012
Merindades
Valle del Mena, Vitivinicultura

Chacomena,chacolí de Burgos

a. castellanos / el berrón - domingo, 03 de julio de 2011

Javier Otaola y su familia comercializan desde el 1 de junio el chacolí que producen en El Berrón bajo la marca Chacomena • Se trata del primer chacolí de Las Merindades que llega al mercado

A apenas 500 metros lineales de la frontera que separa las provincias de Burgos y Vizcaya en el barrio menés de El Berrrón-Arla, los bisabuelos de Agurtzane y Urtzi Otaola Benito construyeron su caserío y comenzaron a cultivar la viña. Llegaron de Zarautz a trabajar a las ferrerías del Valle de Mena y se quedaron. Hace más de 150 años de aquello y aún no habían nacido las denominaciones de origen de productos agroalimentarios, las disputas políticas, ni las discrepancias entre territorios por apropiarse del uso de un nombre tan sencillo como chacolí, que según la Real Academia de Española es : «Un vino ligero algo agrio que se hace en el País Vasco, en Cantabria y en Chile». La RAE se olvida de Burgos.

Pero la realidad es más tozuda que las definiciones de los diccionarios y los desencuentros entre las administraciones vasca y castellanoelonesa, y ahora su nieta María Ángeles Benito Zamanillo y su marido, Javier Otaola Umaran, junto a sus hijos Agurtzane y Urtzi, han decidido sortear todas las barreras y sacar al mercado su sabroso caldo artesanal bajo la marca registrada Chacomena. Se trata del primer chacolí del Valle de Mena y de Las Merindades que llega al mercado.

Desde el 1 de junio, esta familia tiene legalizada sanitariamente su bodega y ha convertido lo que antes era una producción casera y familiar de chacolí en un apuesta empresarial, aunque a pequeña escala. Javier Otaola habla con pasión de su viña, de su vino y de su proyecto. Tiene 65 años, pero está entusiasmado y espera que sus hijos disfruten de los beneficios de la nueva firma.

Él comenzó a recuperar la viña hace 30 años cuando se casó con María Ángeles y se trasladó al caserío familiar Iruretagoyena desde Zalla (Vizcaya). Después «por afición y poco a poco» se comenzó a adentrar en el cultivo de la uva y fue empequeñeciendo la huerta y haciendo crecer el viñedo, ganando terreno incluso al prado.

Las viñas que Otaola cuida con esmero durante todo el año para que la humedad no se acumule y acabe con la cosecha están plantadas en su mayoría en una pronunciada pendiente desde la que se otea el vecino País Vasco. Allí cuenta con una variedad burgalesa de uva; con la Hondarribi blanca, que compone en un 80% los caldos vascos; la Folle Blanche, una variedad francesa; y la Ressling, alemana. Cada otoño, a partir de la segunda quincena de octubre, recoge la producción de sus 5.000 metros cuadrados de viñedo, que le proporcionan unos 3.000 litros de vino blanco y ojogallo o clarete.

«Antes se cosechaba por error en septiembre por temor a las pérdidas que pudieran ocasionar las lluvias, pero ahora sabemos que es mejor esperar y arriesgarse para evitar la acidez del vino», explica Otaola. Toda la familia se pone manos a la obra durante unas tres semanas y la uva, ya en la bodega, pasa por un largo proceso. Otaola, que ha aprendido con los años, escuchando a otros productores y con numerosos cursos, insiste en la importancia de la limpieza para que el caldo sea de mayor calidad.

Este vitivinicultor es exigente, prefiere limpiar con esmero el caldo, realizar hasta tres análisis y dejar que repose para llevarlo a las mesas en todo su esplendor a partir del mes de marzo siguiente. No obstante, asegura que el chacolí se puede consumir hasta uno y dos años después de su elaboración, pero entonces «pierde juventud y coge cuerpo, de modo que se acerca más a un vino blanco o verdejo y menos al chacolí». ¿Y qué tiene el chacolí de Otaola? Pues «características aromáticas, sabor, rico de uva y con un poquito de acidez y la chispa que le da su juventud gracias al carbónico natural». Esa es la respuesta del productor, quien destaca durante una cata con DB que este vino «no deja amargor y eso es muy importante». Doy fe.

Javier Otaola fue junto a otros productores del Valle de Mena integrante de la Asociación de Amigos del Chacolí del Valle de Mena desde su creación en 2005. El colectivo y el Ayuntamiento menés, que impulsó y apoyó su creación, al igual que los restauradores del Valle, consiguieron que el Instituto Tecnológico Agrario de Castilla y León realizara junto a la Diputación un estudio de los viñedos del municipio. El resultado fue la declaración del Valle de Mena como Tierra de Vinos en el año 2007. Sin embargo, para obtener los derechos de viñedo era preciso contar con viñas de más de 25 años de antigüedad y solo Otaola y dos vecinos más del valle lograron la legalización de sus cultivos, dada la antigüedad de sus plantas.

Ahora, este productor ya está pensando en ampliar su terreno cultivado en una hectárea más comprando derechos a algún agricultor que desee abandonar este cultivo en otro punto de la provincia. Lo hace pensando en dar mayor rentabilidad al negocio en el futuro. Su hija Agurtzane lleva la parte administrativa, pero aún conserva otro empleo, porque la bodega y el chacolí solo representan «un complemento» para esta familia con sus raíces hundidas en el Valle de Mena y en la comarca vizcaína de Las Encartaciones. Allí, el caldo artesanal de Otaola ya ha sido reconocido en varias ocasiones con importantes premios. En el conjunto del Valle de Mena se calcula que la producción es de 15.000 botellas, pero poco a poco se puede ir convirtiendo en un recurso económico más.

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