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martes, 21 de octubre de 2014
Merindades
Patrimonio / Arquitectura popular

Así vivieron nuestros antepasados

Fernando Peña - domingo, 22 de marzo de 2009

La arquitectura tradicional refleja el modo de vida de los pueblos del norte de la provincia, principalmente dedicados a la ganadería, la agricultura o el comercio

Un territorio se puede conocer a través de su arquitectura popular. La orografía y el clima condicionaron el modo de vida de los hombres que habitaron los pueblos de la provincia, dedicados en su mayoría a las labores agrícolas y ganaderas, y el entorno natural facilitó los materiales con que edificaron las casas de labor y otras construcciones comunales como fuentes, abrevaderos, lavaderos, molinos, hornos de cocer, potros para herrar, boleras, cruceros, cementerios, ermitas, loberas y cocheras.

Además de ser un bien de interés cultural, la arquitectura popular nos reporta un valor sentimental, porque en esas casas que configuran los pueblos de la provincia vivieron nuestros antepasados, entregados a un modelo de vida en consonancia con la naturaleza, que ya ha desaparecido, y al que recurre el hombre moderno los fines de semana para desconectar de su existencia industrial.

En el variado norte de la provincia de Burgos existen tantos tipos de casas como valles, pero todas comparten unos elementos comunes, los materiales con que fueron construidas, piedra y madera fundamentalmente, y las soluciones arquitectónicas que adoptaron sus constructores para resolver la funcionalidad de los edificios. Con la piedra, caliza, arenisca y también toba, se construyeron fachadas y muros interiores de carga, y con madera de nogal, o de roble, cortado en luna menguante, a ser posible en enero, se ejecutaron estructuras, forjados, cubiertas y carpinterías.

El medio de vida de sus promotores, ganadero y agrícola, condicionó la construcción de la vivienda y la distribución interior de las habitaciones. Observando las casas tradicionales de Las Merindades también podemos descubrir la transición entre los modelos de vida cantábricos y los castellanos.

Porque comparten el modo de vida y un medio común, los caseríos tradicionales de los pueblos situados en el noroeste de la provincia burgalesa, sobre todo los de Arija, los alfoces de Bricia y Santa Gadea, Valdebezana y Valdeporres son puramente cantábricos. La influencia cántabra es apreciable en la arquitectura popular de casi todo el norte de la provincia, especialmente en Sotoscueva, Montija, Espinosa de los Monteros, los valles de Zamanzas y Manzanedo.

La casa tradicional de estos valles es de tres plantas y fue construida a mediados del siglo XIX, con muros exteriores de piedra y estructura interior de madera. Posee corral delantero al que se accede por un portalón; en la planta baja tiene el portal, por el que entraban a la casa animales y personas, las cuadras, la bodega, alguna fresquera, y la escalera que accede a los pisos superiores; la primera planta es la estancia vividera, donde está la cocina, el comedor y las habitaciones, orientadas al sur; en la planta superior se encuentra el desván, abuhardillado bajo la cubierta cruda del tejado, también llamado payo, sobrado, tercero, pajar o camarote, el nombre y el uso varía de unas zonas a otras.

Muchas de las casas típicas de estos valles tienen un muro intermedio paralelo a la fachada que llega hasta la cubierta, que separa las estancias destinadas a vivienda, orientadas al sur más cálido, de otra parte dedicada a pajar, sabiamente orientada al norte. La paja es un gran aislante de fríos y humedades. Estas casas también suelen disponer de un balcón corrido o una solana cerrada con contravientos, abierta en las plantas superiores. Suelen tener abiertos tres vanos por piso en la fachada principal.

Son arquitectura cantábrica las cabañas de los cuatro ríos pasiegos de Espinosa, Lunada, La Sía, Río Seco y Estacas de Trueba. Las cabañas pasiegas son todas similares y cada una tiene un nombre propio. Fueron construidas con piedra sillar y su tejado, que en su origen fue de paja, está cubierto con lajas superpuestas. Las de altura se llaman también brañas, brañizas o veranizas. Suelen tener dos pisos crudos, uno para ganado y otro para personas, al que se accede subiendo unos escalones. La trashumancia obliga a los pasiegos a moverse con sus vacas por el monte en busca de pastos.

Caserío losino

Las edificaciones más antiguas se conservan en los pueblos que quedaron apartados de las carreteras principales por las que llegaron los nuevos influjos arquitectónicos. Es peculiar la arquitectura del Valle de Losa, rico en montes y pastos para la crianza de vacas y caballos. El caserío losino también tiende a la dispersión, la casa tradicional de Losa suele estar aislada en un terreno cercado con piedra, y posee huerta, era, pozo y cabañas para guardar aperos, materiales de construcción, herramientas de trabajo, paja y ganados.

Asimismo, la casa losina típica cuenta con tres plantas y tiende a orientar su fachada principal al sur o al este; su cubierta suele verter a dos aguas hacia los laterales, y a menudo posee un quiebro en el sur para hacer frente a los vientos ábregos. Dedica a cuadra la planta baja, la primera a vivienda y el sobrado a trastero, secadero de frutos y a veces también como pajar. Bajo la cubierta tiene un balcón retranqueado o una típica solana amparada por tabiques que la protegen del viento.

Para levantar fachadas, muros y tapias, el Valle de Losa emplea lajas de piedra (que se desmigan de la gran losa de piedra sobre la se asienta), y al menos tres pueblos construidos con lastras le rinden un homenaje con su nombre y aspecto a este material constructivo: Lastras de Teza, Lastras de la Torre y Lastras de las Heras.

Son construcciones ya urbanas la mayoría de las casas antiguas de pueblos capitales como Villarcayo y Medina de Pomar. En Villarcayo hay viviendas nobles y castellanas, que en su planta baja tienen un corral delantero al que se accede por un portalón, cuartos de recibir, bodegas y caballerizas. Las construcciones urbanas mantienen los balcones corridos a lo largo de la fachada, o abren dobles balcones superpuestos y galerías acristaladas, tan habituales en las ciudades del norte de España.

En el Valle de Valdivielso abundan las casonas solariegas de los siglos XVI, XVII, XVIII y XIX y las torres fuertes de los siglos XIV y XV, y hay casas populares en Tartalés de los Montes. Solariega es la arquitectura de Salazar.

El cambio entre los modelos cantábricos y los castellanos se aprecia en las casas de Castilla la Vieja, las aldeas de Medina, Cuesta Urria, Valle de Tobalina, y se consuma en lugares como Cillaperlata, Frías, Oña y Poza de la Sal, que se alimentan de nuevos materiales como el barro y recurren a los entramados de madera rellenos de piedra, ladrillo y adobe para componer las fachadas. También varía la organización interior de las casas.

Madera

El entramado de madera es característico de pueblos de configuración medieval como Frías y Poza de la Sal, que construyeron su núcleo más antiguo en altura en un lugar comprimido. Frías está construido sobre un cantil de piedra toba. Las famosas casas colgadas de la ciudad medieval asoman hasta cinco plantas sobre el precipicio de la muela. Los sillares de toba que cubren las plantas superiores de las casas de pueblos como Frías y Tobera les confieren otro aspecto personal. Original es Poza de la Sal.

Ya en el interior de todas las casas del norte de la provincia, en las de Mena como en las de La Bureba, la cocina era el lugar más cálido de la vivienda, y en torno a la lumbre, que después la sociedad industrial sustituiría por la televisión, pasaban el tiempo las gentes de entonces, contando anécdotas y narrando cuentos que iban pasando de generación en generación. Las más antiguas cocinas eran bajas y solían estar situadas en el desván de la casa. Eran de piedra y una campana chimenea adosada a la pared, donde se ahumaban los productos de la matanza. Mucho más modernas son las cocinas económicas o de chapa (cocinas bilbaínas) que se instalaron en la mayoría de las casas. Al calor de la lumbre hablaban las cosas cotidianas y pronunciaban voces que ya no se usan, sonidos (no muy viejos) como husa, camba, zarras, adras o maquila; y se empleaban medidas como la azumbre (2 litros), la cántara (16 litros), o la media fanega (21,5 kilos), cuando la morisca era un tipo de azada y la romana una máquina de pesar.

En los últimos 50 años la nueva arquitectura urbana se ha impuesto sobre la vieja, que ha quedado arrinconada en casi todos los lugares bien comunicados. Pero quedan en pie miles de casas antiguas y muchas van siendo restauradas para el uso moderno al gusto tradicional.

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