El 30 de mayo de 2007 la especie Homo antecessor cumple su décimo aniversario. En Ciencia el tiempo es un juez implacable de las hipótesis que proponemos los investigadores. Y la Ciencia avanza tan deprisa que muchas propuestas envejecen y se apagan en poco tiempo por nuevas evidencias que se obtienen con gran rapidez. ¿Cómo ha resistido el paso del tiempo la nueva especie de homínido que nombramos en la revista Science para incluir los fósiles encontrados en el Estrato Aurora de Gran Dolina?
Desde luego la publicación que definía y nombraba a la especie Homo antecessor no pasó inadvertida. Recibimos entusiastas apoyos, entre los que se encontraban los de los propios revisores del manuscrito enviado a la revista, pero también recibimos las críticas de numerosos detractores. Los argumentos en contra de la especie nos llegaron en general por rumores y comentarios indirectos de colegas tanto españoles como de otros países y sólo en algunos casos leímos o escuchamos tímidas críticas en revistas y congresos científicos. La propuesta había llegado en un momento de candente debate en el que algunos paleo-antropólogos se apuntaban a la aceptación de una amplia diversidad de especies del género Homo repartidas por África y Eurasia, mientras que otros preferían simplificar la filogenia de nuestro género y sintetizarla en unas pocas especies. Tal vez el argumento más injusto (y yo diría que torpe) en contra de la nueva especie procedía de aquellos que consideraban la inmadurez de los individuos de Gran Dolina como un detrimento para la validez de la especie. Quizás estos colegas olvidaban por ejemplo que la especie Australopithecus africanus, aceptada sin excepción por toda la comunidad científica, había sido nombrada a partir de un cráneo incompleto de un individuo de tres años de edad. Pero lo más grave era ignorar un concepto biológico elemental: la ontogenia (el desarrollo) forma parte de la definición de las especies y permite en mucho casos diferenciarlas. Es más, sería muy deseable contar con numerosos fósiles de individuos infantiles y juveniles de todas las especies de homínidos, una circunstancia que nos permitiría proponer hipótesis filogenéticas (de relaciones entre todas ellas) con argumentos muy sólidos.
Pero ahora ya contamos no sólo con restos fósiles de individuos infantiles y juveniles, sino también de varios adultos. Y las nuevas evidencias no han hecho sino reforzar la identidad de Homo antecessor. Dos conocidos investigadores europeos, Chris Stringer y Jean-Jaques Hublin, propusieron hace pocos años que las poblaciones del norte de África de finales del Pleistoceno Inferior y las poblaciones de la Sierra de Atapuerca representadas en el Estrato Aurora podían pertenecer a la misma especie. Si así fuera, y por el principio de prioridad que rige el código de nomenclatura de las especies, los fósiles de Gran Dolina habrían pasado a llamarse Homo mauritanicus.
Sin embargo, las nuevas mandíbulas de adulto halladas en Gran Dolina en 2003 y 2006 han zanjado el debate. Sus ostensibles diferencias con las mandíbulas norteafricanas son incuestionables. Del mismo modo, las nuevas mandíbulas de Gran Dolina han certificado que la cara de Homo antecessor tenía un gran parecido con la nuestra y que carecía de una cara proyectada hacia adelante (prognatismo mediofacial y total) que define a la especie Homo heidelbergensis. Este es un rasgo de gran importancia que refleja una construcción muy particular de la arquitectura del cráneo de esta especie.
nuevos hallazgos. Bien es verdad que los fósiles humanos de Gran Dolina siguen en paciente soledad esperando nuevos hallazgos en otros yacimientos europeos que se sumen a ellos y nos ilustren sobre la biología de Homo antecessor. Seguimos debatiendo sobre el origen y el destino de esta especie.
Ahora disponemos de muchos datos que apuntan a un origen euroasiático y no africano, como en un principio habíamos sugerido. Los homínidos encontrados en el yacimiento georgiano de Dmanisi quizás representan no sólo a las primeras poblaciones humanas de Eurasia, sino el comienzo de un largo linaje, entre cuyos descendientes se encuentra Homo antecessor.
No hemos descartado ni mucho menos que la evolución de la especie burgalesa culminara con la aparición de los neandertales, pero necesitamos todavía más evidencias que refuten o confirmen esta hipótesis. Finalmente, y a pesar de las duras críticas recibidas, no existe todavía ningún dato en contra de que los fósiles del estrato Aurora de Gran Dolina tengan un parentesco (no sabemos en que grado) con nuestra propia especie Homo sapiens.