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Atapuerca / 10 años de Patrimonio de la Humanidad / Los tres codirectores

Tres vidas marcadas

R. Pérez Barredo / Burgos - domingo, 28 de noviembre de 2010
Atapuerca se cruzó en sus vidas y cambió para siempre sus destinos • Son los rostros más reconocidos y reconocibles de este fenómeno planetario • Aquí nos hablan de su "evolución" personal

Eudald Carbonell

Fue en 1976 cuando Eudald Carbonell (Ribes de Freser, Gerona, 1953) escuchó por primera vez la palabra Atapuerca. Ya estaba licenciado en Arqueología, una pasión que venía desarrollando desde antes de que tuviera uso de razón, porque coleccionaba fósiles desde los cinco años. Comunista convencido, luchador antifranquista en la clandestinidad, su vida se repartía entre su aspiración científica y un activa compromiso político. Pero Atapuerca se cruzó en su camino gracias a un hombre: Emiliano Aguirre. «Le conocí ese año en un congreso en Morella. Estaba con Trino Torres y portaban la primera mandíbula de un erectus hallada en la sierra en una caja de zapatos. Ya entonces le dije que haría lo que fuera por trabajar con él en Atapuerca». Tenía 23 años.

Aguirre contó con él. Y a partir del 78 comenzó el idilio. Con miembros de Edelweiss bajó por vez primera a la Sima de los Huesos. Hombre intuitivo, el arqueólogo se dio pronto cuenta de que allí había un tesoro. No olvidará nunca Carbonell su primer hallazgo, un fragmento de mandíbula. Recuerda el codirector aquella época como complicada: eran pocos, costaba mucho excavar, organizarlo todo, tenía poco dinero para malvivir. «Alguna vez tuve que ir a los yacimientos andando porque no tenía ni para el autobús». Carbonell se ocupó del trabajo de campo, de su organización. Ya en los 90 se produjo el cambio que más le afectaría: con la jubilación de Aguirre, él, Arsuaga y Bermúdez de Castro se convirtieron en los directores del proyecto, que registró el impulso definitivo.

Aunque dice que todo lo que le ha sucedido en este tiempo no le ha cambiado, se reconoce afortunado por haber podido hacer «lo que quería en un lugar muy especial, en una tierra con la que me une algo especial. De hecho, mi hijo ha nacido en Burgos. Forma parte esencial de mi vida. Siempre digo que nosotros hechos hecho Atapuerca y Atapuerca nos ha hecho a nosotros». Carbonell sostiene que el Premio Príncipe de Asturias fue decisivo para el proyecto. «Soy republicano y comunista, pero tengo que reconocer que la Casa Real se ha portado con nuestros proyectos de maravilla. Por eso los tengo un gran respeto». La declaración de Patrimonio de la Humanidad consolidó todo el movimiento generado hasta conseguir todo lo que hoy es realidad, asegura Carbonell. «Todo lo que me ha sucedido es como un sueño; pero diré algo: se está cumpliendo todo lo que pensaba cuando tenía 10 años», sostiene el arqueólogo. Si esa capacidad para predecir el futuro se cumpliera siempre, Atapuerca sería infinita: «Dentro de cien años empezaremos a encontrar alguna cosa importante en esos yacimientos».

Juan Luis Arsuaga

Juan Luis Arsuaga (Madrid, 1954) era un becario que se iniciaba en la investigación cuando Atapuerca irrumpió con la fuerza de un huracán en su vida. «Estaba en el departamento de Paleontología de la Complutense y soñaba con trabajar en la evolución humana mientras realizaba mi tesis doctoral». Conocía a Emiliano Aguirre desde su época de estudiante y lo había tratado personalmente. Sabía de la existencia de Atapuerca desde 1976, cuando se descubrieron los primeros restos. Al igual que en el caso de Bermúdez de Castro, le dirigía la tesis Pilar Julia Pérez, lo que facilitó el contacto más directo con el eminente profesor. «Participé en aquellas primeras excavaciones y le pedí a Emiliano que me dejara estudiar aquellos restos. Pude acceder a restos craneales. Mi primera excavación fue en 1983. Nos quedábamos en la trinchera exclusivamente; algún día fuimos a Cueva Mayor, pero no se trabajaba en la Sima de los Huesos. Era todo muy diferente a como es ahora: más solitaria, tranquila. Recuerdo que éramos pocos y comíamos y cenábamos en Ibeas».

Todavía faltaba mucho para los grandes hallazgos, evoca Arsuaga. «Conociendo la geología ya intuíamos entonces que Atapuerca era algo grande. Tenía interés y potencial, pero no se podía comparar a lo que apareció después». A partir de 1992 todo cambió. Arsuaga ya llevaba muchos años trabajando en la universidad, compaginando sus trabajos en Atapuerca con otros. Pero aquel año del segundo Tour de Induráin fue definitivo. «Cuando encontramos aquellos restos en la Sima que después fueron portada de la revista Nature. De ahí en adelante Atapuerca adquirió una dimensión extraordinaria, porque además se trata de un yacimiento que no deja de generar información, de ahí su enorme importancia».

A la vez que cambiaba de escala Atapuerca lo hacía la vida de Arsuaga: la importancia científica del yacimiento y su trascendencia social, traducida primero en el Príncipe de Asturias y después en la declaración de Patrimonio de la Humanidad, le convirtió en un investigador reconocido mundialmente. Famoso. «Nos dio una enorme notoriedad por el valor de los yacimientos. Nos dio protagonismo por tratarse de los autores de los descubrimientos. La verdad es que fue sorprendente._Pero más que populares a nivel "fotográfico", lo importante es que empezamos a ser leídos y escuchados. Esa popularidad me llena de satisfacción: que lean mis libros o mis artículos significa que han estado conmigo. Atapuerca ha condicionado mi existencia y constituye el eje de mi vida científica, es una buena parte de mi proyecto vital y se han creado unos lazos afectivos muy importantes. La evolución humana llena mis pensamientos y ocupa mi espíritu».

Arsuaga es muy gráfico a la hora de explicar la realidad que hoy circunda Atapuerca al margen de los yacimientos -Cenieh, MEH-: «Si ahora me despertara y viera que es un sueño, no me sorprendería. No me extrañaría que lo hubiera soñado, que lo hubiera inventado mi mente».

José María Bermúdez de castro

No olvidará nunca José María Bermúdez de Castro (Madrid, 1952) su primer encuentro con el profesor Emiliano Aguirre, en el año 1982. Fue en la cafetería de la universidad y gracias a la doctora Pilar Julia Pérez, alumna del famoso paleontólogo y directora de su tesis. Se le había acabado la beca en 1981 y había estado muchos meses sin ningún quehacer. Tenía ya inoculado el veneno de la investigación, pero la realidad era cruel y se imponía. «Lo pasé fatal: me quedé sin beca y sin salario. Y pasé un año y medio en blanco». Pero apareció Aguirre. Poco después de aquel fugaz encuentro, le llamó a su despacho del Museo de Ciencias Naturales y le ofreció trabajo. «Me puso en contacto con la evolución humana de verdad. Y me permitió entrar en el club selecto de Atapuerca, que conocí en 1983 y me dejó fascinado». Bermúdez respondió a la confianza de Aguirre, quien acabó por ofrecerle una beca en el proyecto Atapuerca. «Vi el cielo abierto».

Al hoy director del Centro Nacional de Investigación de la Evolución Humana (Cenieh) se le ilumina el rostro recordando esos pasajes de su vida, como el hallazgo en el 84 de los primeros fósiles humanos, un sueño hecho realidad. «Cada vez que dejaba la campaña de excavación lloraba por volver. Era un suplicio marcharme. Siempre me preguntaba si volvería al año siguiente, hasta que obtuve la oposición. Recuerdo aquellas jornadas como algo maravilloso, desde los hallazgos hasta la amistad con los compañeros. Era el paraíso de un joven que empieza y encuentra el gran tema de su vida». El científico no dudaría en regresar a aquellos años iniciáticos. «Volvería a empezar desde el principio. Ahora tengo más edad y mucha más responsabilidad y preocupaciones. Echo la vista atrás y lo veo todo con nostalgia», subraya.

«Atapuerca es la mitad de mi vida. O más», dice Bermúdez de Castro, quien asume que, de no haberse cruzado Aguirre en su vida, tal vez ahora se dedicaría a «vender coches, lavadoras o cualquier otra cosa. Atapuerca cambió mi vida absolutamente». El despacho de Bermúdez es luminoso. Es, también, una excelente metáfora del fenómeno Atapuerca. Cuando él llegó, los yacimientos eran desconocidos para la gran mayoría. No había más que aquellas cavidades horadadas por unos locos apasionados. Hoy son famosos en el mundo y Bermúdez reina en el Cenieh. Desde el ventanal se ve a los turistas que entran y salen del Museo de la Evolución Humana. «A veces no te crees que se haya conseguido todo esto. Es como un hijo al que ves crecer».

Aquel muchacho que soñaba con estudiar la evolución humana es uno de los arqueólogos más reconocidos en el mundo. Es Premio Príncipe de Asturias y con su trabajo y dedicación contribuyó a que la Unesco declarara Atapuerca Patrimonio de la Humanidad, hecho que, considera, fue el verdadero aldabonazo para el despegue de este fenómeno a todos los niveles. «Aunque Atapuerca era ya imparable, la declaración unió a los políticos, porque no todos confiaban en el proyecto. Y esto facilitó las cosas», concluye el director del Centro Nacional de Investigación de la Evolución Humana.

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