Marcelle es un torbellino de felinos ojos azules, un volcán en erupción cuya lava es un verbo arrollador, vitalista, absolutamente depositario del carácter y la filosofía de su marido. Marcelle es una loba que ha amamantado lobeznos, niñas, perros, halcones y un sueño: el que compartió con Félix Rodríguez de la Fuente; el que, 30 años después de su inesperada desaparición, mantiene vivo con su aliento enérgico, con un carisma luminoso y vehemente. Aunque es su hija Odile la que lleva las riendas de la Fundación Félix Rodríguez de la Fuente, no por casualidad ella es la presidenta. Es la persona que mejor conoció al gran naturalista burgalés, la que compartió con él todas sus inquietudes, su apoyo esencial; su compañera, su confidente, su abrigo. En los últimos 30 años Marcelle ha sido Marcelle, pero además, también, ha sido Félix. Quizás por acción de la trofalaxia de la que habla en esta entrevista, una suerte de transferencia telepática y física, ella se presente aquí hoy como el mayor vínculo de Félix en la tierra, el eslabón seminal de una cadena que no terminará nunca.
30 años ya, Marcelle. ¿Recuerda ese día, qué estaba haciendo cuando le dieron la noticia?
Félix me había llamado el día anterior y me había dicho: "mañana a las ocho en punto te llamo; como se puede cortar la comunicación, diles a las niñas que estén contigo para que me felicitéis todas". Era un hombre muy familiar y entrañable, muy detallista con esas cosas. Por ejemplo, jamás se olvidó de felicitar a su abuela de Moradillo de Sedano, que vivió hasta los 102 años. La llamaba siempre, estuviera en La Patagonia o en África.
Ese día sonó el teléfono, pero no era él...
Eran las ocho y cinco. Sonó efectivamente el teléfono. Era alguien de la televisión, que sólo me dijo -como te lo estoy diciendo a ti- que había habido un accidente y que se habían muerto todos. Nada más.
Y se abrió el suelo a sus pies...
Tuve la fortuna de reaccionar con fortaleza. Me recubrí de una capa dura, tanto que si me pinchan no sangro. Me aislé. Me trasladé a otra dimensión, de manera que empecé a funcionar como una autómata, a hacer cosas sin parar y sin cansarme.
Íntimamente, en su fuero interno, ¿intuía o temía que eso podía suceder, fuese en Alaska o en África?
Nunca. Jamás. Era imposible vincular a Félix con la muerte. Es una ecuación que no me entraba en la cabeza. Todavía, a estas alturas, no puedo metabolizarlo. Yo todavía le hablo, y aún hay veces que le digo: ¡en qué follón nos has dejado!
Félix, que ahora es ya un mito, entonces era un hombre famoso, cuya personalidad arrastraba a las masas, al que adoraban todos los españoles. Todos le perdimos. Pero usted perdió un marido y sus hijas un padre. ¿Cómo fue el duelo? ¿Cómo sobrellevaron todo lo que siguió a su desaparición, aquel luto nacional?
Fue difícil. Realmente lo viví como si le hubiera pasado a otra persona. Incluso, mentalmente, sentía pena por mí como si yo realmente fuera una persona.
¿Eso le ayudó a superarlo?
Absolutamente. La muerte llamó a mi puerta y le di la espalda. No quise darme por enterada.
¿Y cómo ha sido su vida en estos 30 años?
Dedicada exclusivamente a mis hijas y a mi hogar. Félix siempre decía que era la mujer fuerte de la Biblia. Yo creo que Félix se fue al otro mundo en un segundo sabiendo que estaba su prole en buenas manos.
Aunque usted respetaba su trabajo y, sobre todo, su dedicación, ¿compartía también la cantidad de tiempo que éste le restaba de estar con usted y sus hijas o le hacía pasar malos ratos?
Siempre supe que lo que Félix estaba haciendo era algo muy, muy importante. Algo trascendente. Y nosotras estábamos detrás de él y con él. Claro que las tareas domésticas no eran asunto suyo, pero ambos mirábamos en la misma dirección. Hablábamos el mismo idioma.
¿Cuándo aceptó que su vida sería siempre así?
No es que lo aceptara, es que era su vida y la mía, nuestra vida era eso. Y lo hacíamos juntos.
¿Cómo era Félix en la intimidad de su hogar?
Idéntico que en el trabajo. Un hombre apasionado y cariñoso. Y un gran padre.
¿Cuál es el fotograma de su vida en común que tiene más grabado en su corazón?
A Félix tumbado en el sofá, con la televisión encendida, un libro en su regazo, una niña encaramada a su espalda, las otras dos en las rodillas ¡y encima el perro!
¡Qué locura!
¡Increíble! Yo les pedía a las niñas que le dejaran descansar, pero él me decía que las dejara. ¿Te quito la tele?, le preguntaba. ¡No!, respondía, que me interesa mucho esto. ¿Te quito el perro? ¡Tampoco! Le encantaba ese mogollón vital de la familia. Mira, ponía una mirada así de regocijo, de felicidad... Estaba encantado.
¿Qué rasgo de su carácter destacaría por ser el menos conocido por el gran público?
Quizás su gran sentido de la responsabilidad, y te diré más. Tengo la intuición de que él sabía que sabía. ¿Entiendes? Que estaba en el buen camino.
¿Recuerda el día que le conoció?
Claro. Lo confundí con otra persona y me disculpé, pero él se dio la vuelta y me dijo que, si no nos conocíamos, era un momento estupendo para una presentación. Y me encantó. Desde ese momento ya no nos separamos.
¿Qué le cautivó?
¡Muchas cosas! Su planta. A mí me gustaban los hombres deportistas, atléticos, bien plantados. Era médico, y a mí me encantaba la medicina. Hablaba divinamente, te envolvía. Y me encantó, claro. Pero lo que poca gente sabe es que la primera vez que me llevó a ver a sus animales, sus perros me hicieron una fiesta increíble. Y recuerdo que me dijo: "Hasta los perros me están diciendo que eres una mujer estupenda".
También la loba Sibila se enamoró de él...
Sibilia no quería saber nada de su macho, que era dominante y bien avenido, que le hacía todas las pleitesías. ¡Prefería a Félix!
A usted no le extrañaría.
¡Me encantaba! Los lobos eran maravillosos, los criamos desde cachorros, los dábamos el biberón. Me revolcaban, jugaban conmigo, me faltaban al respeto como a su propia madre.
¿Ha tenido animales en todo este tiempo?
Perros y cien halcones, criados y reproducidos por mí. He sido la precursora de la reproducción en cautividad en España desde el año 1978.
¿Fueron consciente Félix de lo que estaba consiguiendo?
Creo que no. Tenía una curiosidad infinita y un enorme afán de transmitir su saber a todos sus semejantes porque le parecía imposible que la gente no se diera cuenta del mundo en el que estaba viviendo, de su maravillosa naturaleza; maravillosa y a la vez frágil, muy fácil de desaparecer. Antes de que fuera demasiado tarde él puso todo los medios a su alcance para tratar de evitarlo. Me gusta decir que a través de la televisión conseguía hacer una trofalaxia, que en el mundo de los insectos sociales es la transferencia de alimentos de boca en boca, de mente a mente. Cuando no existía internet, él ya había previsto una comunicación mental planetaria.
Fue un visionario.
Se anticipó en muchas cosas a su tiempo. No sé si fue un visionario o que tuvo intuición o que, simplemente, aplicó el sentido común que le permitió prever lo que podía pasar. Por ejemplo, refiriéndose a las fuentes de energía, hace 40 años él ya hablaba de la conveniencia de instalar receptores solares en todos los desiertos. ¡Y se está empezando a hacer ahora!
¿Se sintió alguna vez solo, incomprendido?
Sí, sobre todo por parte de las administraciones. La suya fue una lucha titánica. Hizo unos esfuerzos enormes, pero tenía una energía increíble. Lo mismo escribía una enciclopedia que grababa dos programas seguidos. Y no tomaba notas de nada, improvisaba siempre, de una manera cerebral. Las administraciones se le hicieron pasar mal, pero él nunca sufrió. Él tenía una misión. Y no cejó jamás en intentar cumplirla.
A las administraciones la filosofía de Félix no sólo les sonaba a chino, sino que les antojaba peligrosa...
Sí, porque éste era un país en el que existía una junta de exterminio de animales llamados dañinos o alimañas, que eran todos depredadores, es decir, imprescindibles para el equilibrio de una vida, de un ecosistema. ¡Lo que tuvo que luchar para demostrar eso y conseguir que se protegiera al halcón peregrino, al lobo como pieza de caza...!
¿Hasta dónde cree que hubiera podido llegar Félix de no haber muerto prematuramente?
¡Huy! Pues calcula: con la experiencia, la madurez, los medios tecnológicos tan avanzados y fabulosos... Habría sido un líder total, un líder internacional. Creo que aun así, es hoy el mejor embajador de la naturaleza en el mundo de los hombres.
Hubo quienes trataron de seguir su camino, pero no alcanzaron sus metas. ¿Qué opinaría hoy del mundo y de la situación de la naturaleza?
Mi hija Odile, que es la que ha creado y dirige la fundación, dijo hace unos días contestando a esta pregunta que si Félix hizo tanto con tan pocos medios y ahora hay muchísimos más y no se ha hecho mucho más, quiere decir que es necesario poner más energía, más tiempo, más información al servicio de esta lucha para que nuestros descendientes puedan vivir en las mismas condiciones que lo hemos hecho nosotros. Que no desaparezca el homo sapiens como especie. Si se nos ha llamado sapiens digo yo que será para algo, ¿no?
A Félix le marcó su infancia; de no haber nacido y crecido en Poza no hubiera sido lo que llegó a ser, según reconoció muchas veces.
A Félix Poza la marcó, le troqueló por así decirlo. Para él fue esencial nacer allí, en un paraje natural impresionante, y hacerlo en el seno de una familia intelectual, que le permitió acceder a libros importantes siendo apenas un niño. Aquellos conocimientos y la inmensa libertad de que gozó en esa época, que es la de la percepción -que se borra si no la cultivas-, educado por la propia naturaleza directamente, sin intermediarios, fue un aprendizaje increíble. Le troqueló.
¿Hablaba mucho de aquella época?
Sí, y mi suegra, que era la que contaba todas las fechorías que hacía con sus amigos, la cuadrilla de "Dios te libre". Por ejemplo, y como anécdota, hacían experimentos de todo tipo (esa curiosidad, propia de la niñez y la juventud, no es baladí, es la que nos ha llevado a la luna), metían gallinas en un saco, subían con él al castillo y lo soltaban. Y no entendían por qué no volaban. ¡Las gallinas caían en tropel sobre las ancianas que abajo hacían calceta! Y suma y sigue.
Sus amigos fueron muy importantes en ese aprendizaje.
Mucho. Y no los olvidó nunca, aunque los visitaba poco porque no tenía tiempo. Los amigos de la infancia lo fueron para toda la vida.
En estos 30 años de ausencia, ¿le ha podido conocer todavía más y mejor? ¿Ha descubierto cosas nuevas?
Por supuesto. Y todo está en la biografía autorizada que se acaba de presentar. Félix fue mucho más que el amigo de los animales.
¿Cuál es su relación con Burgos?
Buena, aunque lamento que hayan puesto en su panteón del cementerio un andamio enorme que lo afea mucho. Estoy muy enfadada y quiero hablar con el Ayuntamiento para que lo retiren.
¿Y cómo valora que a excepción de la Junta ninguna administración burgalesa haya querido formar parte de la fundación?
No me da pena ni me sorprende, por desgracia. Pero somos muchos los que comulgamos con Félix, y sé que los burgaleses le quieren y le admiran. Las instituciones son otra cosa, otra galaxia.