Con razón algunos vecinos del centro se quejaban de que sus calles eran auténticas autovías. No hay más que ver el registro de operaciones (sube y baja, que tampoco se les pide un doctorado en astrofísica) realizadas por los 16 bolardos instalados en otros tantos puntos del casco para restringir el acceso a los residentes fuera del horario de carga y descarga.
Nada menos que 1.030.464 veces tuvieron que activarse las pilonas, según el balance elaborado por el área de Tráfico del Ayuntamiento de Burgos. El punto más activo es la plaza de Alonso Martínez, en Capitanía, por el que pasaron nada menos que 201.288 vehículos. Le siguen San Gil, con 175.644, y Condestable, la Puebla, Espolón y los dos (entrada y salida) de Santocildes, todos entre 75.000 y 85.000 operaciones.
Fernán González (51.540), Santa Águeda (41.688), Asunción (72.948 de entrada y 38.772 de salida), La Isla (13.248), San Cosme (12.252 de entrada y 11.544 de salida) y Calatravas (3.312) completan la lista. Esas cifras hacen una media de 85.872 controles mensuales, cantidad que ilustra el enorme movimiento de tráfico rodado que hay que gestionar para hacer comulgar las labores de distribución comercial con el tránsito privado a aparcamientos, hoteles y zonas especiales.
La picaresca
Pero a pesar del blindaje de los bolardos y de que la presencia policial en las zonas peatonales es muy sensible, no falta quien sigue tratando de aplicar su propia visión de la movilidad y no duda en utilizar todo tipo de artes para esquivar el control.
«Se cuelan por todos aquellos espacios por los que cabe un vehículo, por justo que parezca», explican fuentes de Tráfico. Por ejemplo, en Santa Águeda hay un "coladero" entre el bolardo y el edificio más próximo. A simple vista puede parecer imposible que pasen los coches, pero lo hacen. En Alonso Martínez, al igual que en Santo Domingo de Guzmán para acceder a Moneda y plaza Mayor, se va por la tremenda: directamente por la acera. Al menos en el paso de Capitanía unas obras privadas, que han reducido el ancho de la acera justo en el lugar por el que suben los coches, están poniéndolo más difícil estos días.
Otro clásico es el de desplazar mobiliario urbano que está colocado con la intención de limitar el tráfico. Ocurre en algunos pasos interiores con las jardineras, pero el paradigma es la salida de la calle San Juan hacia la calle Santander. Allí hay un bolardo que no cubre el ancho de la calle. El parche fue colocar una jardinera que acotara el paso, pero la jardinera no está fijada al suelo y es conocido que cuando se trata de esquivar la norma la fuerza y el descaro no tienen límite.
También se han aprovechado los horarios. Cuando coinciden un bolardo de entrada y salida que se cierran a diferentes horas (por las mañanas se cierran a la entrada a las 11,30 y a las salidas a las 12,00) lo que se hace es entrar en sentido contrario. Eso se detectó en la calle Asunción y la solución fue unificar el horario.
Por supuesto, no falta el mítico "trenecito", consistente en pegarse al que sí está acreditado y pasar detrás. Eso sí, tiene riesgos. Ya se han dado tres casos de accidentados por utilizar este "sistema".