Cuando el debate sobre la plaza Mayor diseñada por Albert Viaplana se centró en la peana de Carlos III, pocos podían imaginar que el verdadero problema no iba a ser lo que pisara el hábil ilustrado, sino lo que iban a pisar los ciudadanos de Burgos: el ladrillo clínker. En realidad, y atendiendo a las explicaciones del área de Ingeniería del Ayuntamiento, el problema no es tanto el material en sí, que funciona con éxito en climatologías mucho más severas que la de Burgos, sino su colocación, que carece del calado necesario para garantizar su "agarre".
La consecuencia es que la brigada municipal de obras tiene que "repasar" cada medio año el pavimento y reponerlo en aquellas zonas más afectadas. Hasta la fecha, el cálculo de Obras sitúa en 150.000 euros el coste de esas cirugías reparadoras, 20.000 de ellos subsidiarios de la última intervención, que comenzó ayer.
«Se van a reponer 70 metros cuadrados, pero las zonas son muy dispersas y por eso las molestias serán mayores. Es una vergüenza cómo está, pero es que cada vez que entra un coche o un camión se levanta el clinker. La prueba es que donde no hay tráfico, bajo los soportales, no hay problemas», valora Santiago González, concejal de Obras, para el que «puede que no sean grandes cantidades las que invertimos en su mantenimiento, pero es que hablamos de una obra inaugurada hace cuatro días y, teniendo en cuenta lo que costó, cualquier dinero es mucho».
Dado que «no podemos tener un retén de dos personas trabajando a diario y durante todo el año en la plaza Mayor», lo que hace Obras es dejar que transcurra un periodo de tiempo y "atacar" las zonas más dañadas. «Pero es tapar una y abrirse otra, por eso da la sensación de que siempre está mal», añade el concejal popular.
Lo que parece obvio es que el problema se antoja irresoluble, o al menos no tendrá fácil solución. «Para que agarre ese material debe tener debajo dos capas de 15 centímetros, y en la plaza Mayor hay cuatro centímetros», remachan los técnicos del área.
Además, queda resolver el problema de la junta central de dilatación. Funciona «a la contra» de como debería hacerlo y no intervenir sobre ella podría amenazar la estanquidad del forjado a medio plazo. «Cada día está peor», termina González.