Unidos por un anhelo.
Desde finales del siglo XVIII, el Paseo del Espolón ha sido el corazón de Burgos. Una de las imágenes más famosas y bellas de nuestra ciudad es precisamente la fachada urbana que mira al Arlanzón, flanqueada por el Arco de Santa María y el Teatro Principal, con sus arboledas y el perfil de la catedral al fondo. El Espolón es mucho más que un jardín histórico y un conjunto urbanístico y monumental de valor extraordinario: este paseo simboliza el pulso vital de Burgos, su espíritu ilustrado y cívico. Desde hace un tiempo, la ruina amenaza a alguno de sus edificios y abundan los locales comerciales cerrados. Es necesario terminar con esta imagen de abandono que crece año tras año: el centro de Burgos no puede languidecer ante nuestra pasividad y el Espolón debe recuperar su esplendor. Por ello, exhortamos a las autoridades de nuestra ciudad a que extremen la protección y el cuidado del Paseo. Es preciso que estudien detalladamente las causas de su decadencia y que tomen las medidas necesarias para remediarlas. De ello depende que el Paseo del Espolón vuelva a ser el lugar floreciente y vivo que todos los burgaleses deseamos.
Es hora de darle una vuelta
Luis Ángel de la Viuda
El primer Espolón que yo recuerdo -finales de los años 30- ya no estaba estratificado por las clases sociales: la acera de ‘El Suizo’ para los/las que llevaban sombrero, el andén central para menestrales y el camino próximo al Templete para «la clase de tropa, criadas y horteras».
El Espolón ya era de todos y especialmente sus maravillosas terrazas: ‘El Viena’, ‘Numancia’, ‘Turanca’ y el ‘Candela’ primero, y ‘El Espolón’, ‘El Rhin’ y el Casino, después.
Ese fue mi primer Espolón de bebé, de niño, de mozalbete, terreno de los primeros escasos y vigilados galanteos de colegiales y colegialas. Miles y miles de vueltas hasta la decadencia total de hoy, que se inicia con las primeras ausencias de los cafés reconocidos -’El Viena’ especialmente- y la huida final de casi todos.
El Espolón es posiblemente el paseo ciudadano más característico del urbanismo europeo y uno de los más hermosos del mundo. Hemingway estaba enamorado de su vista desde el Puente San Pablo, aunque creo que es el momento de dejar de pensar en el pasado y dedicarnos definitivamente al presente: al presente y futuro de El Espolón, de nuestro Espolón. Es hora de «darle una vuelta».
Facilitar su ocupación
Juan Mons
Siempre pensé que el Espolón es la puerta por donde sale y entra la ciudad para encontrarse con sus vecinos.
Desconozco la forma para que con nuestros impuestos se facilite la ocupación de tan noble paseo.
Sin embargo la umbría de ese paseo en Verano, el soleo del mismo en Otoño, encontrarnos allí de nuevo en Primavera y superarnos a nosotros mismos paseándolo en Invierno, hacen legítima esta lucha guerrillera para que la vida obrera pueda volver a él.
Sin embargo, la noche oscura sin luz eléctrica, hace que llene de aprensión al paseante que quiera disfrutarlo con la única compañía de la Luna.
Equivocarse no es bueno pero más desidia, central o periférica, no es de recibo ni me provoca ni equivoca.
Que consulten a las calles de Burgos qué hacer con su compañero Espolón.
Tomemos el Espolón
Pilar Canales
El Paseo del Espolón ha sido para la gente de mi generación el escenario de nuestra vida. En la infancia, el lugar de los juegos , los columpios en el templete, los barquillos que se vendían en ‘los cuatro Reyes’, saltar a la cuerda..., todo ello bajo la leve vigilancia de un guarda, perfectamente uniformado, que impedía «pisar el césped». Más tarde, fueron los paseos de adolescente a la salida del López de Mendoza, el arriba y abajo por el paseo para decir adiós una y otra vez a esos chicos que te gustaban y que, en algunos casos, se convertirían en novios.
El espectáculo de las cafeterías con sus terrazas llenas de gente. ¡Llegaban hasta la esquina de Caja Círculo! Digo espectáculo porque lo era; tanto para los que paseaban, arreglándose especialmente para la hora del vermouth’ o la caída de la tarde, como para los que, desde esa entrada de preferencia que eran las mesas, observaban a todo el que pasaba ante sus ojos. Los tiempos han cambiado, la ciudad ha crecido y los espacios públicos se han multiplicado dando más opciones de diversión y naturaleza. Pero además, para mí había otro punto de referencia importante: la Librería del Espolón. Este lugar ha ido acompañando los avatares del paseo desde hace más de cien años.
Fue en los años 20 y primeros 30 foco de cultura en la ciudad. Su anterior propietario, Eduardo Ontañón -mi abuelo se hizo con ella en 1935- era un referente en el ambiente cultural de su época, que no fue poco. En esos años se publicaron en Burgos varias revistas literarias en las que colaboraban los escritores y poetas más importantes del momento, como Lorca, Cernuda y otros de la Generación del 27. Luego, en los años inmediatamente anteriores a la Guerra Civil, en la librería se hacían tertulias en las que participaba gente significativa en el momento cultural como Antonio José, el propio Ontañón y otros.
Llegó 1936 y Burgos se convirtió en la llamada ‘Capital de la Cruzada’. En ese tiempo en el que fue sede del Gobierno la población potencial de lectores aumentó considerablemente, tanto que, según me contaron, las estanterías se vaciaban de libros cada tarde. La principal proveedora era la Editorial Aldecoa. Supongo que no serían libros ‘comprometidos’, sino de entretenimiento, con los que la gente desplazada de sus lugares de origen gastaba su tiempo. Pasaron los años y, hasta el momento, aquí tenemos a la Librería del Espolón compartiendo vicisitudes con el paseo. En los días luminosos de primavera, el Espolón revive. Sus árboles, acacias, plátanos, sauces y otros llenan de verde el ambiente y crea esperanzas de rejuvenecimiento.
Pero han llegado malos tiempos para el Espolón. El abandono de ciertos edificios, los locales vacíos y sucios, las fachadas apuntaladas y deterioradas con riesgo de desprendimiento hacen que el esplendor del pasado esté oscurecido por este presente. Pero no doy nada por perdido. Quiero hacer una llamada a quien corresponda, especialmente al Ayuntamiento. No se puede dejar morir el paseo del Espolón, que ha sido siempre una de las señas de identidad de la ciudad y del que todos los que nos han visitado y visitan se llevan un hermoso recuerdo. Hay que devolverle el esplendor, cueste lo que cueste, y volver a exhibirlo como emblema o tarjeta de presentación de una ciudad que pretende ser capital cultural. El Espolón es como esas plantas a las que olvidamos durante las vacaciones y que a la vuelta nos las encontramos lacias y mustias pero que un poco de agua y cariño les devuelven la vida. Demos ese agua a este Espolón sediento. Es el paseo de todos los burgaleses.
Tomemos el Espolón.
Que parezca mentira
María Jesús Jabato
Estas páginas del Diario son hoy muestra de la preocupación de la sociedad burgalesa por la progresiva decadencia del Espolón ante la cual viene encogiéndose de hombros el gobierno municipal y mirando a otro lado la oposición, preguntándose ambos en el mejor de los casos: ¿Y qué quieren ustedes que hagamos con el paseo?
Voces más autorizadas que la mía podrán responder a esa cuestión. Yo me limito a decir en estas líneas lo que no quiero que hagan: no quiero que no se haga nada por recuperar la valoración social del Espolón, por revitalizarlo, por darle la consideración y dignidad que merece, por enraizarlo en el alma de las nuevas generaciones de burgaleses. No quiero que no se haga nada por no saber qué hacer. No quiero que se nos intente conformar con el adecentamiento de fuentes, el mantenimiento de jardines y el bacheo de pavimentos. No quiero que se exculpe la inactividad actual alegando obstáculos y pleitos, ni que se intenten acallar las voces que denuncian el ocaso del paseo sacando de la chistera planes de humo. No quiero, en suma, que se dimita de la ambición de que el Espolón vuelva a ser oleaje de vida y quintaesencia de señorío, no quiero que se renuncie a que vuelva a ser su esplendor tan de verdad, que parezca mentira.
Jesús de la Gandara
Más hostelería y terrazas
Conozco varias ciudades que tienen ‘Paseo del Espolón’: Soria, Logroño, Santo Domingo de la Calzada, Toro, Padrón… pero ninguno tan bello, tan cuidado, tan emblemático como el de Burgos. Cuando era niño con frecuencia pasábamos por Burgos en dirección a Santander, y me sorprendía ver al otro lado del río un paseo tan cuidado, tan verde, tan paseado. Veníamos de Cáceres y me admiraba esa verde belleza. Esa fue una de las razones por las que, andando los años, elegí Burgos para ejercer mi profesión. Sin embargo he de confesar que luego, cuando vine, me horrorizaba deambular en ese ambiente provinciano, decimonónico, trasnochado y cotilla. Quizá era demasiado joven.
Luego, con los años aprendí a pasearlo, a amarlo, a criticarlo, a odiarlo, a olvidarlo, a reencontrarlo… pero siempre echo algo en falta. Una cosa tan sencilla como que los bares tuvieran terrazas cubiertas, como sucede en tantas ciudades europeas. Para poder usarlas en verano y en invierno, con el cierzo o con el ábrego, con lluvia o solajina, para tomar un café o leer el diario, para tertuliar con amigos o cotillear como alcahuetas. Qué más da, el caso es disfrutarlo, vivirlo, convivirlo. No descuidarlo, y contemplar cómo se van viendo las costillas descarnadas de los escaparates abandonados, avejentados, arruinados.
Mi propuesta es esa, bien sencilla. Nada de obras grandiosas, ni inversiones faraónicas. Simplemente que el ayuntamiento propicie que haya más cafeterías, más bares, más restaurantes, y cada uno con su terracita cubierta, abrigada, soleada o sombreada, según convenga. Una cosa sencilla, amable, confortable, acogedora, civilizada.
Y ya puestos a pedir… por qué no soñar con que algún día en una de esas terrazas te encontrarás con Víctor Hugo, Zola, Picasso, Modigliani, Verlaine, Rimbaud, André Breton, o Lenin jugando al ajedrez mientras Ezra Pound le dedica pareados. Me han dicho que un día alguien vio pasear a Richard Gere cogido de la mano de Julia Roberts, y otro día alguien vio a uno con un «salakov» discutiendo con otro con sombrero Indiana Jones. Es más, quién sabe si en alguna de las viejas azoteas del paseo no se esconderá Doña Jimena, esperando que algún día regrese su Caballero Andante. Yo por si acaso, siempre que paso, miro para arriba.