Unos pocos comercios; unos pocos cafés; la gente que va, que viene; algunos testigos silenciosos del trajín diario ven pasar por allí la vida. Tan sólo esto.
Diario de Burgos lanza una iniciativa en defensa del Espolón. Vano intento, probablemente: las cosas mueren por falta de utilidad y la gente de Burgos ha desdeñado el precioso paseo que naciera cuando cayó un lienzo de muralla que de nada servía. ¿Qué hacemos con él? ¿Nos lo cargamos por cursi? ¿Por qué fue el escenario esencial de la vida antaño? Porque tampoco es cosa de poner a los concejales más concienciados a servir chatos de la cuba en el Rhin o tostadas con mantequilla en la renacida terraza de cafés que ya no existen.
Escenario de la vida: que otros la expliquen. Pero escenario cuando Alfonso XII salía de los toros y Julián Gayarre cantaba en el Real, que tiene música, y cuando Gagarin salió por primera vez al espacio mientras Paul Anka intentaba ligar con Diana y el Dúo Dinámico con Carol… Son muchos años, caray.
Sociológicamente lo que ha sucedido es que los jóvenes se han ido. No como antes, que se iban buscando la bendita y cómplice oscuridad y luego volvían, restaurando la figura después de tanta agitación, a la plaza: a ese territorio común en el que los niños se fijaban en los colores de la chica y los mayores más inteligentes miraban sonriendo para otro lado. La pérdida del Espolón es la clausura de un espacio que compartíamos todos en algún momento. Los jóvenes no se han ido a buscar el amparo de las sombras sino a colonizar un ámbito propio, un reino exclusivo y excluyente en el que sólo caben ellos. Los jóvenes se han ido de los pueblos y también de la ciudad: han creado una, alternativa y ruidosa, pobre y arrogante, en el que no hace falta el cartel de reservado el derecho de admisión: ¡para qué! Anda, manda rosas a Sandra, que ya no está aquí: tiene el alma llanera, ya se sabe, aunque ella ignore su parentesco con las garzas…
Y qué es de la plaza del pueblo cuando ya no la pisan jamás los jóvenes? Nada. Cada segmento busca su refugio, su territorio de mus o de cinquillo, donde parece que no se oye el temible crujido de la soledad. No quiero, ¡Dios me libre! que vuelvan los tiempos en los que la copa izquierda del sujetador se quedaba pequeña de golpe por una mirada: dejemos al pobre Bécquer acechando el retorno de las oscuras golondrinas. Pero sueño con un espacio común recuperado: en el que el tío rumboso pueda invitar a la cuadrilla del sobrino a unos chatos de la cuba en el Rhin. Y a una de gambas. Quizá también nosotros, chicos y chicas, podamos decirnos aquello que entonces no salía de la garganta: con una sonrisa que nos defienda de lo que pudo haber sido y no fue. No regresará el templete, me temo: pero incluso el que pusieron deprisa y corriendo puede valer para que suene un bolero cualquier noche de verano. En el Espolón, por supuesto. ¿Bailas…?