Escribió la burgalesa María Cruz Ebro, no sin sarcasmo pero con mucha verdad, que cuando un amigo suyo que había estado durante el verano en Burgos fue preguntado por su destino estival tras su regreso a Madrid, contestó ni corto ni perezoso que lo había pasado en el Espolón. Si la anécdota es verídica o falsa importa bien poco, porque refleja un tiempo en que esta ciudad no se comprendía sin tan señero corredor, un espacio que lo representaba todo: el encuentro, el paseo, la celebración, la exaltación, la tertulia, el cortejo, el mentidero, el escaparate social... Era el lugar en el que palpitaba el corazón de la ciudad. Donde se hacía la vida.
Sin duda, consiguió desempeñar el rol para el que fue concebido hacia el último cuarto del luminoso siglo XVIII, cuando la ciudad inició su expansión poniendo el primer pie en la modernidad. Antes de su construcción era un ronda que se extendía a los pies de la muralla entre el Arco de Santa María y el puente de San Pablo, por donde transitaban las carretas en el camino entre Bayona y Madrid, y en cuyo centro se hallaba la importante Puerta de las Carretas. Todo aquel frontal fue derribado para levantar sobre el solar las nuevas Casas Consistoriales.
Esa obra fue el comienzo de todo, porque a su abrigo se diseñó el paseo, con malecón y jardines. En representación del rey Carlos III, fue el conde de Floridablanca quien autorizó su construcción, muy del espíritu de la época y del agrado de monarca español, que con actuaciones de este tipo se ganó en todo el territorio el apodo del ‘mejor alcalde’.
El visto bueno de la Corona vino acompañado no sólo por bellas palabras (me ha mandado que en su real nombre dé las más expresivas gracias a ese Ayuntamiento, manifestándole la complacencia que le merecen la actividad y el celo con que se dedica a hermosear su pueblo), sino también por un presente: las estatuas del conde Fernán González y de los reyes Fernando I, Alfonso XI y Enrique III, que se colocaron en el espacio central conocido como El Pradillo.
La construcción
En 1791 dieron inicio las obras sobre el proyecto del arquitecto madrileño González de Lara, y el Espolón registró numerosas novedades en las décadas posteriores. El paseo -con sus versallescos jardines- se fue ensanchando sucesivamente a medida que fueron construyéndose las nuevas edificaciones sobre los solares que había dejado libres la vieja barbacana: Manuel de Eraso o León Antón fueron responsables de la armonía clásica de ese nuevo frente arquitectónico al que se sumó la marquesa de Vilueña, que construyó en él un palacio que alojaría a los monarcas en sus sucesivas visitas a la ciudad castellana. Fue Isabel II quien en el año 1868 donó otras cuatro estatuas al Espolón: San Millán de la Cogolla y los reyes Wamba, Alfonso VI y Juan II.
A partir de esa fecha, y en consonancia con la moda europea, el Espolón fue llenándose de los primeros cafés que tuvo la ciudad, destacando El Suizo, el Candelas, el Iris y el Montañés. El esplendor de este paseo alcanzó su cénit en los tres primeros tercios del siglo XX. Una buena muestra de la vida que establecimientos como éstos aportaron al Espolón la recordó hace poco en estas páginas el escritor Tino Barriuso a propósito de su maestro, el filósofo y agitador cultural Luis Martín Santos, quien explicaba la historia de Europa a través de los cafés de este paseo: Viena, Rhin, Mónaco...
En sus más de doscientos años de historia el Espolón ha sido Burgos, su espejo social (el paseo llegó a marcar, bien diferenciadas, tres avenidas en función de la clase social). De esta realidad son testigos la memoria e incluso la literatura. Se cuentan por decenas los escritos de plumas de la talla de Pedro Salinas, Federico García Lorca, María Teresa León, Eduardo de Ontañón, Pío Baroja o, más recientemente, Jesús Carazo, Tino Barriuso, Óscar Esquivias o Virgilio Mazuela. Precisamente este último describió con certeza el acta de defunción (esperemos que transitoria) del paseo: «Un remanso adoquinado, florido y ajardinado pero mortecino y triste donde ya sólo el cierzo campea por sus restos y ahuyenta a los nostálgicos paseantes». También el citado Martín Santos lo clavó: «El Espolón pertenece ya a los fantasmas y a la llamada tercera edad».