Burgos se encuentra en una de las zonas de España menos expuestas a actividad sísmica. Es decir, que las probabilidades de sufrir un terremoto como el que ha azotado Haití hace una semana sería poco menos que imposible. De hecho, en el listado de los 26 terremotos más importantes registrados en España que elabora el Instituto Geográfico Nacional (IGN) no aparece ninguno en la provincia, ni siquiera en Castilla y León.
Las zonas de la península que registran más seísmos y más intensos son Andalucía, Levante, Cataluña, Pirineos y Galicia -muchos pero de poca intensidad-, según explica Emilio Carreño, director de la Red Sísmica Nacional.
Los terremotos que se han producido en la provincia de Burgos han registrado intensidades sin capacidad de destrucción. «Tan solo han sido sentidos por los ciudadanos», indica. «Es muy poco probable que en el futuro en esa zona de España se produzca ningún fenómeno grave», sostiene. El norte de la provincia es el que presenta -aun siendo muy pequeña- una mayor actividad sísmica.
La historia escrita de los terremotos en la provincia empieza en 1939, «lo que no quiere decir que en épocas anteriores no se produjeran otros seísmos, lo que sucede es que no están catalogados», señala Carreño. Un 2 de octubre de 1939 los habitantes de Villarcayo se levantaron despavoridos de sus camas por un temblor de tierra de 4,3 grados en la escala Ritcher, que mide la magnitud de un terremoto -es decir la energía que es capaz de desplazar el movimiento sísmico-. Su intensidad llegó a un grado V, según la Escala Europea Macrosísmica.
Para los poco duchos en la materia los daños que puede provocar un terremoto no solo dependen de su magnitud (escala Ritcher), sino de la profundidad a la que se encuentre el epicentro (cuanto menos profundo más devastador), de la naturaleza del terreno donde se asientan los edificios, etc (ver tabla).
El siguiente movimiento sísmico en sorprender a los burgaleses tardaría en llegar 27 años. Quienes lo sufrieron fueron los habitantes de Huerta de Abajo, en las inmediaciones de la Sierra de Neila. Y se produjo un 15 de mayo de 1966. Su magnitud fue menor que el de 1939, 3,4 grados en la escala Ritcher. El epicentro se situó a cinco kilómetros de profundidad.
Ese mismo año, el entorno del embalse de Ordunte recibió otra sacudida. Fue el 18 de diciembre. Su magnitud llegó a los 3,8 grados Ritcher y su intensidad alcanzó un grado VI, el más alto registrado en la provincia desde que se tienen datos. Es decir, quienes lo sintieran seguro que tuvieron problemas para mantenerse en pie durante el temblor.
A finales de los años 70, el 9 de agosto de 1978, se registró un nuevo terremoto en la provincia, en esta ocasión en Melgar de Fernamental, de 3,3 grados Ritcher. Al año siguiente un movimiento de menor magnitud, 3 grados Ritcher sacudió Montorio, aunque casi imperceptiblemente para sus habitantes. En 1981, otro pequeño seísmo, de las mismas características que el de Montorio, afectó a Cerezo de Río Tirón.
En el año que se celebró el Mundial de España, en concreto el 3 de enero (en plenas fiestas de Navidad), Villasur de los Herreros tembló al ritmo de 3,1 grados en la escala Ritcher. El epicentro de este pequeño terremoto se encontró a cinco kilómetros de profundidad, los mismos que el que sacudió un año más tarde -19 de mayo- la localidad de Bozoo.
Los habitantes de Pedrosa de Valdeporres vieron como se movieron los objetos de sus casas un 7 de noviembre de 1987. Un seísmo de intensidad IV y 3,9 grados en la escala Ritcher afectó a la localidad durante unos pocos segundos. Por fortuna, el epicentro se situó por debajo de los anteriores, a 13 kilómetros de profundidad.
En Villasante de Montija se registró un terremoto el 6 de septiembre de 1990 (3,4 grados Ritcher y 18 kilómetros de profundidad. En 1991, el 18 de septiembre- tuvo lugar otro -es vez prácticamente imperceptible para el ser humano (2,7 grados Ritcher) en Treviño. De la misma magnitud fue el que afectó el 24 de abril de 1999 Bañuelos de Bureba.
El último seísmo de cierta importancia que se ha producido en Burgos fue en el 18 de abril de 2000 en Villasana de Mena. Con una intensidad entre III y IV y una magnitud 3,3, los habitantes sintieron una vibración como si pasara un camión a su lado.
El 13 de mayo de 2005 en Miranda de Ebro se produjo uno muy pequeño (apenas 2,1 grados en la escala Ritcher). Y el 16 de noviembre de 2008 en Huérmeces se registró se registró uno de intensidad 3 y 2,3 grados en la escala Ritcher.
«Nunca pasaría lo de Haití»
Los efectos devastadores que un seísmo de magnitud 7 en la escala de Ritcher han causado en Haití son evidentes, pero ¿qué pasaría si un terremoto de esas características asolara España? «En España nunca pasaría lo de Haití». Así de tajante se muestra Luis Suárez, presidente del Colegio Oficial de Geólogos, quien admite que «contamos con una normativa sismorresistente adecuada para que edificios e infraestructuras puedan resistir un terremoto de gran magnitud».
Un terremoto en un país del tercer mundo ocasiona miles de muertes por el efecto colapso. Por el contrario, en el primer mundo tan solo produce algunas pérdidas. Un ejemplo paradigmático es el terremoto que asoló en 1999 Armenia (Colombia), de 6,4 en la escala de Ritcher, que causó 25.000 muertes. Mientras que en el terremoto de San Francisco de 1989, de 6,9 grados, tan sólo murieron 64 personas. La diferencia se debe a que países como «Estados Unidos o Japón tienen normas antisísmicas que se cumplen a rajatabla», indica el responsable del ICOG.
En España, estas medidas antisísmicas, revisadas en 2007, se materializan en el refuerzo de pilares, vigas y tabiques con armaduras más resistentes y en el incremento de la cimentación de las construcciones. «Lo más importante es impedir que se produzca el efecto colapso tipo sándwich, es decir que un edificio de cinco plantas se derrumbe y pase a tener solo una como ha pasado en Haití», señala Suárez.
Aún así, cuando se produce un terremoto de gran magnitud es inevitable que se ocasionen daños, sobre todo en las edificaciones que tienen varias décadas de antigüedad. Para ello Suárez recuerda que «es competencia de los Ayuntamientos garantizar que las normas sismorresistentes se cumplan en los edificios».
«España tiene un nivel de actividad sísmica moderado con respecto a otras zonas del mundo», indica el presidente del Colegio Oficial de Geólogos. El mayor índice se concentra en el sur y en el sureste de la península -en concreto en las provincias de Málaga, Almería, Granada y Murcia-, donde existe un área de subducción (hundimiento) entre la placa euroasiática y la placa africana, estando en medio la placa del Mar de Alborán. También en el Pirineo, entre Navarra y Huesca, existe otra zona de riesgo, pero de menor intensidad. De acuerdo con la estadística histórica, el terremoto más importante registrado en España tuvo lugar en Torrevieja, Alicante en 1829, con una magnitud 6.9 en la escala de Ritcher. Produjo 400 muertos, destruyó 290 casas y hubo varios meses con réplicas. Aunque el último gran seísmo se produjo el 25 de diciembre de 1884 en Arenas del Rey, Granada, con una magnitud entre 6.5 y 6.7, que supuso la muerte de casi 900 personas, 2.000 heridos y 1.000 casas destruidas.
«Que se produzca un terremoto destructivo en Madrid es prácticamente descartable, porque no existe ninguna placa oceánica, ni históricamente se ha registrado ninguno, pero que se produzca en el sur o sureste de España es posible», alerta el geólogo.
Por su parte, el Instituto Geológico Minero de España ha elaborado la guía Impacto económico y social de los riesgos geológicos en España que avisa de que el mayor riesgo natural en España son las inundaciones (51%), seguido de la erosión del suelo (17%). Los terremotos se sitúan muy por debajo, en un nivel 1,7%.