Eduardo, Alicia, Gonzalo y Mario van al colegio El Alba de Autismo Burgos. Allí se lo pasan bomba.
La experiencia se ha iniciado con el curso escolar y, por el momento, el resultado no puede ser más satisfactorio. El colegio Sagrado Corazón ha arrancado este año con dos aulas de Educación Infantil específicas para alumnado con autismo de manera que los niños con esa discapacidad cuentan con la formación adecuada a sus características a cargo de personal de la asociación Autismo Burgos y, a la vez, comparten el tiempo de ocio con el resto de los estudiantes del centro.
Las clases tienen capacidad para acoger hasta 10 alumnos y de momento son seis los que están yendo de forma habitual. Pero no ha sido fácil. Javier Arnáiz, orientador del colegio El Alba, de Autismo Burgos, recuerda que esta forma de escolarización para niños con autismo con aulas ubicadas en centros ordinarios se viene realizando desde hace años en comunidades autónomas como País Vasco o Cataluña y que en Castilla y León se había solicitado en multitud de ocasiones. Una visita del consejero de Educación, Juan José Mateos, a los centros de Autismo Burgos en marzo del año pasado fue el pistoletazo de salida para que se comenzara a hablar de ello.
También ‘ayudó’ a que se pusiera en marcha el hecho de que la altísima incidencia de niños menores de seis años diagnosticados de autismo ha desbordado la capacidad del colegio El Alba: «Nosotros solo teníamos cinco puestos escolares para niños pequeños que ya estaban cubiertos y nos quedaban en torno a otros diez chavales que no tenían plaza ni en nuestro centro ni en el de Las Calzadas y que se hubieran tenido que escolarizar en centros ordinarios sin apoyo aunque la experiencia que tenemos no es buena porque no se cuenta con los recursos suficientes».
Con estas aulas se garantiza que los chavales tengan las mismas ventajas que si estuvieran en un centro específico de autismo con una formación en sistemas alternativos de comunicación y programas de conducta y de habilidades sociales, explica Arnáiz. Además, se consigue que tengan un contacto pleno con los niños que no tienen autismo en las entradas y las salidas, en los recreos, en el comedor, en las actividades extraescolares y luego, poco a poco y en función de cada caso, se van integrando en las actividades curriculares.
«De esta manera se facilita mucho la incorporación a las clases ordinarias. Si un niño con autismo puede estar integrado treinta minutos por la mañana y treinta por la tarde, este modelo no provoca ningún trastorno, solo hay que cambiarle de aula, mientras que si está escolarizado en un centro específico, los traslados entre centros son más complicados», añade.
Arnáiz destaca el hecho de que el colegio Sagrado Corazón -tanto el profesorado como las familias- se ha volcado por completo en estas aulas y también valora el apoyo que Autismo Burgos ha recibido de la Dirección Provincial de Educación, en concreto de su responsable, Enrique de la Torre y Raquel Peña, del área de Diversidad: «Primero, han creído totalmente en este proyecto y luego, claro, también se ha visto la necesidad administrativa de poderles escolarizar. En la propia Consejería de Educación tampoco pusieron pegas pero a nivel jurídico ha resultado complejo ya que era la primera vez que se tenían que autorizar unas aulas de un centro estuvieran ubicadas físicamente en otro».
El primer taller del congreso internacional fue precisamente uno en el que se abordaron las herramientas para favorecer la participación e incluso social del alumnado con algún trastorno del espectro autista. Estuvo a cargo de la psicóloga Juana María Hernández que ofreció a los profesionales diferentes estrategias para trabajar en los recreos, en el comedor, es decir, en los tiempos que no son curriculares, que ya tienen su propia regulación.
Bueno para todos
Los alumnos con autismo tienen, en una aula de este tipo, todo lo que necesitan. Por un lado, reciben la atención que precisan con profesores especializados y, por otro, disponen de muchísimos momentos de integración social y contacto con otros niños: «Este contacto les enseña muchísimas habilidades sociales, fomenta el aprendizaje por imitación, puede ayudar a que el lenguaje se desarrolle de una manera más completa y colabora a normalizar su comportamiento en relación a los otros niños, que no se asusten, por ejemplo, cuando se les acercan de forma muy agresiva o les empujan en la cola para subir al tobogán, que sepan respetar los turnos...», explica Javier Arnáiz, orientador del colegio El Alba.
Pero también es bueno para los demás. Los niños sin autismo aprenden el respeto a las personas diferentes: «Desde pequeños ven que hay gente distinta junto a ellos y comprueban que los profesores les tratan con normalidad. Los niños imitan los comportamientos de los adultos y si ven que hay un contexto integrador ellos van a ser iguales».