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Domingo, 14 de Marzo de 2010
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15/06/2008

Huelga de transporte / La cara humana del problema

Tres vidas en la carretera

Tres generaciones de la misma familia de transportistas circulan estos días sobre una carretera sin destino ni rumbo. Su memoria es el relato de cómo se ha desintegrado el negocio al que entregaron sus vidas

Ángel Velasco Santamaría (primero a la izquierda) inició su andadura en 1960. Sus hijos y su nieto, detrás, han seguido sus pasos.

Alberto Rodrigo
Alvaro Melcón/ Burgos

En sus dedos no se ven anillos. Acaso porque los dedos están hinchados de muchos años de volante, carga y descarga, de secarse el sudor y de sostenerse la frente pensando en el siguiente porte. La piel curtida y un discurso asentado en medio siglo de experiencia son los avales de la familia Velasco (transportes Transhijanvel) para esquematizar en palabras el inmenso mar de asfalto sobre el que navega el sector del transporte por carretera. Y hay temporal.
Ángel Velasco Santamaría compró su primer camión en 1960, cuando el litro de combustible costaba dos pesetas y se invertían 48 horas de conducción en llegar a Sevilla. Después, a esperar para no volver de vacío. Aprendió a irse sin fecha de regreso ni rumbo determinado y a luchar con máquinas que iban directas al taller después de cada porte. «Esto nunca fue negocio, es una forma de vida. Sabías que trabajando un poco más podías vivir un poco mejor y pagar las letras y los sueldos, y eso que un camión valía lo mismo que un piso. Ahora es mejor tener parado el camión», cuenta paciente.
Sus hijos también fueron embrujados por el extraño atractivo de una vida severa pegada al asfalto. Ángel, el mayor de ellos, continuó la labor de su padre y su hermano Juan Luis renunció a un empleo fijo y un salario digno en Bridgestone para entrar en la empresa familiar. El último en llegar, Javier, nieto de Ángel. Los Velasco son una familia cuyo patrimonio cimienta su empresa. Todo su patrimonio. «Hace menos de tres años teníamos cuatro camiones y ahora tenemos once. Han sido años muy buenos de trabajo, pero el sector ahora ha caído hasta el límite de no saber si podremos seguir adelante», cuenta el más joven. Con ese panorama han ido a la huelga a pesar de que les va a costar miles de euros y de que, admiten, «no podremos aguantar más de diez días sin trabajar».
De los motivos que han puesto contra las cuerdas a miles de transportistas en toda España, el más manido es el alza exponencial del precio de los carburantes, especialmente del gasóleo, que es la sangre que hace latir el descomunal corazón de sus camiones, máquinas de 120.000 euros que en poco se parecen a las que gobernó el abuelo Ángel cuando cruzar España por carretera dejaba lo de Ulises a la altura de un fin de semana en Benidorm.
«Hace medio año cada camión se bebía 3.000 euros de gasóleo, hoy son 4.500. Aquí cargamos un depósito de 20.000 litros cada dos semanas, pero aún así no es el alza del combustible lo que más me preocupa, sino los porcentajes que se quedan las empresas que gestionan los portes», advierten.
Actualmente, los Velasco tienen su flota trabajando para Teczone, una empresa radicada en Burgos y que «gracias a Dios pagan las tarifas estipuladas», y cargan una media de seis o siete camiones diarios. Tienen garantizada la ida a un precio real de mercado, pero no la vuelta. «Para volver entran en juego las empresas que gestionan portes. Si tú vas a Sevilla y cobras por la ida 1.000 euros, el problema es que a la vuelta te tienes que volver por 300. En ese ejemplo (1.600 kilómetros ida y vuelta), el kilómetro te acaba saliendo a 0,81 euros, y por debajo de un euro pierdes dinero. Ellos ni siquiera tienen camiones, simplemente gestionan y se quedan porcentajes salvajes. Tú no sabes lo que paga quien carga, así que ellos entran en la oferta y la demanda: o te lo subes por 300 euros o busco a otro que lo haga», explican.
Los Velasco consideran que la primera medida que debería de tomar el Gobierno es la de regular esas ‘gestiones’: «En la carta de porte se debería de especificar cuánto estás cobrando por el viaje. Puesto que hay unas tarifas de mercado establecidas, si la carta dice que se están cobrando 300 por algo que vale 1.000, la Guardia civil podrá identificar a la empresa que encarga el porte y sancionarla. El 90% de los transportistas trabajan con intermediarios y es necesario acabar con esos abusos».
En ese mercado de «bajarse los pantalones» faltan muchos de los que estuvieron. Los cierres de empresas de transporte son un hecho y, dicen los Velasco, no pocas veces las víctimas han sido sus propios verdugos: «Han quebrado muchas empresas, pero antes de irse han dejado mucho daño hecho por haber aceptado trabajar por debajo del precio de mercado».
Otra de las exigencias del sector con la que no comulgan en esta empresa familiar burgalesa es la de regular los plazos de pago dentro del sector. En Europa es una cuestión que está muy vigilada, pero en España se puede pagar la factura de un porte a tres, cuatro o seis meses. «Así los que hacen negocio son los bancos, que son con quienes tienes que negociar la liquidez que necesitas siempre (en su caso 60.000 euros) para pagar combustible, nóminas, averías, mantenimiento, seguros, impuestos... Hay que exigir que los pagos se hagan efectivos en un máximo de 30 días. Y no te voy a contar lo de los impagos, que están a la orden del día», continúa la ‘segunda generación’.
El régimen fiscal al que están sometidos en el transporte aparece y desaparece de la conversación de forma casi mecánica. Pocos dudan de que el ‘arreglo’ al que pueda llegar el Gobierno con la parte de la patronal que ha forzado la huelga pasará, en buena medida, por analizar el capítulo fiscal y la posibilidad de subvencionar el gasóleo. «Estamos en lo de siempre, ¿por qué a los agricultores y a los pescadores se les subvenciona el gasóleo y a nosotros no? El 80% de cada litro de combustible se lo queda el Gobierno en impuestos y eso es mucho dinero que ingresa con nuestro sector. Nos cosen a impuestos y lo mínimo que se debe de plantear el Gobierno es seguir la tendencia europea y que nuestro régimen fiscal sea proporcional a nuestra actividad: si andas pagas y si no andas no pagas. La Ley nos obliga a tener el camión parado cuatro días a la semana (pueden funcionar 10 horas dos días a la semana y 9 horas otros tres, el resto deben estar parados); bien, pues que no nos cobren impuestos durante el tiempo que no trabajamos».
Las tres generaciones difieren cuando llega la hora de analizar cuál es la legitimidad de los piquetes, de las ruedas pinchadas y de los atentados contra las personas, la carga y los vehículos. En el último capítulo hay acuerdo: «No se puede hacer el terrorista y poner en peligro la vida de nadie». En el segundo, hay de todo. Es curiosamente el más joven, Javier, quien rechaza «cualquier movilización que no sea la huelga pura y dura», mientras que su tío Ángel considera que «la única forma de parar un camión es un pinchazo que cuesta 50 euros arreglar». Al final, el abuelo sentencia: «Los esquiroles nunca fueron buenos». A otra cosa.
El acuerdo regresa a la conversación al relatar el coste añadido de ser transportista. «La Guardia Civil te trata como si fueras un delincuente, en los restaurantes te tiran la comida como a los perros, llegas a descargar y te dicen que te sientes a esperar, si cometes una infracción te meten una multa salvaje... El año pasado pagué una multa de 1.501 euros. No sobrepasé el límite de conducción, pero paré a las 20,45 cuando tenía que haberlo hecho a las 20,00. Me pusieron la misma multa que si me hubieran pillado conduciendo tras haber dormido sólo tres horas. No es lógico», argumenta Javier.
La incertidumbre campa a sus anchas en los sueños, las casas, las letras y el futuro de los Velasco. Tres generaciones de trabajadores dan para vivir muchas huelgas, «pero ninguna como esta». Una vez echadas las cuentas de lo que pueden soportar parados, solo les queda esperar que se alcancen acuerdos que, dicen, debieron de haberse logrado tiempo atrás. «Esto no ha venido del cielo. Llevábamos meses anunciándolo y el Gobierno miraba a la pared. Ya es hora de que den la cara, con nosotros y con todos los españoles». ¿Y mientras tanto? «Sabemos que hay una crisis global y que pueden venir tiempos mejores, lo que no sabemos es si llegaremos a verlos». Ni ellos, ni tantos.    

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