Los niños del colegio de San Ildefonso Borja Cabrera y MaríaLuisa Massoco cantaron uno de los quintos premios.
No ha podido con su ánimo. Un año más, el salón del Palacio de Loterías se convirtió ayer en un enjambre de disfraces, colorido e ilusión con la que un público, ya tradicional, conjuró la crisis económica «por ellos y por todos los suyos». Te acercaras a quien te acercaras, todos confesaban que este año les venía mejor que nunca «un pellizquito», que tienen alguien cercano en paro y que la Navidad «es para compartir».
Es la tradición más arraigada de estas fechas. El sonido de los bombos es, más que ningún otro, el de la Navidad y ellos quieren escucharlo aquí, donde a las doce menos veinte de la mañana, las pequeñas Alicia y Yahaira cantaban el premio más esperado, el Gordo de 2009.
Hasta entonces, el momento más emocionante de la mañana lo protagonizaban los cinco premios - un tercero, tres quintos y un cuarto- que, en menos de media hora, cantaban los niños de San Ildefonso, y que arrancaban, uno tras otro, los aplausos de las más de trescientas personas que han llenado el salón de Loterías.
Vienen con mucha ilusión y tienen muchísimo mérito, porque la verdad es que en este salón de Loterías no pueden ver nada. Una fila compacta de cámaras de televisión y fotógrafos tapa casi completamente la tarima donde los niños de San Ildefonso cantan a la suerte.
Un traje de 40 kilos en monedas de peseta, uno hecho de flores de papel porque «el día de mañana, si me muero, que ya lleve las flores en vida», y una capa bordada con millones de lentejuelas de todos los colores sujetas con hilo de pescar.
Son Marcelo, Rufino y Fernando tres amigos que han sido las estrellas del Palacio de Loterías, y que llevan muchos años siéndolo, porque dedican mucho tiempo a pensar cómo vendrán disfrazados este día. Son muy conocidos por el personal de la casa y no renuncian a ese momento de fama que les proporcionan los medios de comunicación, entrevista tras entrevista, ni a vivir un ambiente que disfrutan como niños, a pesar de lo incómodos que van en sus atuendos.
un duro contrincante. Este año tuvieron un oponente difícil de vencer: Jesucristo. Este ha sido el disfraz elegido por Iñaki, de Burgos, al que acompañaba su amigo Ramón, vestido de monaguillo porque «no podía hacer de uno de los doce apóstoles».
«Siendo el Hijo de Dios, espero estar un poquito enchufado», explicaba Iñaki, quien compró una serie y, junto a Ramón, la ha repartido entre «un montón de amigos que están en paro».
Y más competidores. Uno con un traje lleno de calabazas de distintos tamaños, varios Papá Noel, brujas, ancianos y un hada.
Es Lis -hora y media para maquillarse con purpurina y brillar como un hada azul y rosa para atraer a la suerte-. Lleva tres años acudiendo al sorteo, uno de bruja, otro de ángel y éste de hada, y su objetivo era conseguir que toque «algo» en Benidorm.
Dos jóvenes habían llegado a la capital desde Vitoria, «por la ilusión de la lotería» y porque «como estamos en paro, a ver si nos toca» y se unieron a un grupo de amigos de Leganés, con María José de 83 años, a la cabeza, que de pequeña venía con su padre y lleva más de medio siglo arrastrando a su más que animada familia hasta este salón de Loterías.