Mientras el dolor, la rabia, la desesperación, el caos, la incredulidad e incluso el rezo se apoderan desde hace días de los familiares -y, por añadidura, de todo un país- de las 154 víctimas del trágico accidente de Barajas, a miles de kilómetros, en Tunicia concretamente, se vivieron unos instantes de máxima emoción.
A eso de las 16,05 horas -de España- tenía que partir un vuelo desde la capital del Estado norteafricano a Madrid. Los 183 pasajeros de un Airbus 320 debían ser trasladados a su destino por Spanair, la compañía maldita, la que no ha sido capaz de explicar por qué no bajaron de la nave los infortunados.
No hubo nerviosismo aparente -a pesar del retraso en la salida-, pero sucedió algo que, a buen seguro, permanecerá para siempre en el corazón de las 180 almas que estaban sentadas allí con sus cinturones de seguridad puestos por los consejos de rigor de la azafata que, como el resto de la tripulación, llevaba un lazo blanco. Tras la típica charla por megafonía del sobrecargo -temperatura, hora de llegada, agradecimiento por la confianza depositada en la aerolínea...-, apareció en mitad del pasillo el comandante de la aeronave y, tras presentarse, explicó detalles técnicos a los presentes:que si iban a notar ruidos fuertes al principio porque los motores arrancan a la máxima potencia, que volarían a 500 metros y luego a 10.000... Ylo más importante:«Nosotros estamos bien, hemos venido de Madrid esta mañana y, de igual manera, llegaremos a Madrid». Una tormenta improvisada de aplausos se desató y muchos de los viajeros lloraron. La decena larga de niños que estaban allí ni se enteraron de la película. Mejor.