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domingo, 12 de febrero de 2012
Deportes
Atletismo

Estirpe de sacrificio

Ana Isabel Angulo / Melgar - jueves, 18 de marzo de 2010

La familia marroquí Zaharaoui se estableció en 2003 en Valbonilla (próxima a Castrojeriz). Tres de los cinco hijos, Abdelhadi, Mohamed y Bilal, han endulzado su vida en España con los éxitos atléticos

El apellido marroquí Zaharaoui está vinculado al atletismo burgalés desde hace más de un lustro. Abdelhadi abrió la brecha, que siguió su hermano Mohamed y que ha tomado el pequeño de 10 años Bilal. Viven en Melgar de Fernamental donde están perfectamente integrados tanto laboral como socialmente. Sus padres, Rahma y Lahcen, están muy orgullosos de sus vástagos, que se han proclamado campeones provinciales en sus respectivas categorías. No van mucho a las carreras, aunque ahora con Bilal compitiendo «acuden más a menudo».

Proceden de Marruecos y están tramitando la doble nacionalidad. Fue la miseria y el deseo de obtener una vida mejor lo que les trajo a España y les obligó a emigrar. Vivían en Bene Mellal, ciudad ubicada en la ladera del denominado Atlas Pequeño, a unos 200 kilómetros al sur de la capital Casablanca. «No es un desierto, es un oasis en el desierto», puntualiza Abdelhadi, conocido por Abdul.

El padre Lahcen trabajaba en una ganadería y no veía el futuro claro para sus cinco hijos y su esposa. En 2002 decidió emprender una nueva aventura, como muchos de sus paisanos, y dar el salto a Europa. Recaló en la pequeña localidad de Valbonilla -próxima a Castrojeriz-.

«Empecé a trabajar de lo mismo, en la ganadería, con ovejas», traduce el hijo mayor Abdul a su padre. «En Marruecos ganaba menos y tenía que trabajar más horas. Era más esclavo», confiesa el jefe de la familia, al tiempo que Rahma asiente con la cabeza.

Doce meses fue el tiempo que necesitó para tomar la decisión de agrupar a su familia y vivir todos juntos en Valbonilla. Su esposa, Rahma, acudió con sus hijos Adbelhadi, Youssef, Mohamed, Fátima y el más pequeño, Bilal, de solo 3 años.

«Como no tenía nada más que hacer empecé a correr. Estudiaba en el centro Odra Pisuerga y fue José Vallejo el que me animó a hacer entrenamientos específicos. Al principio participé en carreras como atleta independiente hasta que me hicieron ficha federada con el Campos de Castilla», comenta el primogénito, Abdul, que actualmente compagina el atletismo con su trabajo en Metalflex Jam, empresa de Melgar de Fernamental.

Adaptación

La experiencia positiva de Abdul no fue la misma que la vivió el resto de su familia. Les costó integrarse y el idioma fue una barrera que tuvieron que superar con enorme dificultad.

«Mi madre al principio no aceptó el hecho de que tuviéramos que trasladarnos todos a España. Al final tuvo que resignarse por los hijos. Le costó pero poco a poco está tomándoselo mejor», afirma el hijo mayor.

También tuvo que hacer un gran esfuerzo Mohamed. «Estaba sin amigos y no entendía nada. Con el tiempo ya lo he superado y reconozco que me costó más aprender a hablar que a tener amigos», explica Mohamed que empezó a correr a los 16 años, siendo su primera carrera en la localidad burgalesa de San Llorente de la Vega. El atletismo fue su mejor pasaporte para integrarse a un nueva realidad.

Al que menos le costó fue a Bilal. Llegó a España con solo 3 años, pronto se integró en el centro escolar de Melgar, donde se mueve como pez en el agua. Participa en la mayoría de las actividades extraescolares y juega al fútbol, su gran pasión. Es del Barcelona, le encanta Messi y ocupa el puesto de delantero, «pero no soy nada chupón».

Bilal es muy popular entre los jóvenes escolares. Algunos le preguntan si va a salir en el periódico y un compañero, algo mayor que él, no tiene reparto en escribir sobre la familia Zaharaoui.

Daniel Cosgaya quiere ser periodista y no le importa echarnos una mano y decirnos quién es la familia de Bilal.

Afán de superación

La temporada de cross ha llegado a su fin y ahora toca la pista. Abdul y Mohamed cogen dos días a la semana el coche y se trasladan hasta la capital para entrenar sobre el tartán de San Amaro. Se preparan para largas distancias como 1.500 y 3.000 metros. En Melgar suelen entrenar dos o dos horas y media cada día. Lo hacen después de salir del trabajo, alrededor de las 17,00 horas. Mohamed no trabaja y en ocasiones va a correr por la mañana. A ninguno de los dos parece preocuparles las inclemencias meteorológicas de esta tierra.

La madre Rahma escucha con atención las explicaciones que ofrece Abdul sobre sus sesiones de entreno y una sonrisa ilumina su rostro cuando su primogénito habla de la supremacía de los atletas africanos en Europa.

«Yo no encuentro una explicación lógica, pero creo que no es una cuestión genética, sino de carácter. Se consigue el éxito cuando se alcanza un punto de sacrificio. Nosotros sabemos conseguirlo y a los europeos les cuesta más. No a todos, evidentemente, porque ahí está Juan Carlos Higuero, que fue cuarto en los Juegos Olímpicos de China».

Idéntico pensamiento mantiene cuando abordamos el tema del último Mundial. Conoce personalmente a Diego Ruiz, ya que en los últimos años han compartido club.

«Está bien, pero tiene que alcanzar ese punto de sacrificio. Se descolgó a los 500 metros. Pienso que tiene que entrenar más y más fuerte. Si quiere ser campeón del mundo tiene que conseguir un ritmo de 3/36 ó 3/38, no 3/40 como hizo en el Mundial. Debe entrenar más y sacrificarse más hasta alcanzar ese ritmo», exige Abdul.

Parece evidente que todos los sacrificios que han tenido que hacer en su vida personal les han forzado un carácter luchador y ambicioso. Su padre tomó una decisión complicada, la emigración, y se trajo a toda su familia a un país desconocido, con costumbres e idioma diferentes.

Este espíritu combativo y ausente de resignación se ha trasmitida a sus hijos, que a través del atletismo están logrando una vida más digna, una perfecta integración en la sociedad y hasta reconocimiento por sus éxitos deportivos.

Rahma, la madre de una estirpe de hombres marcados por el sacrificio y la superación, admite que «el cambio ha merecido la pena. Estoy orgullosa de mis hijos».

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