Diario de Burgos
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25 de septiembre de 2018

En el centro de las fiestas

A. del Campo - miércoles, 12 de septiembre de 2018
La reina de la peña La Amistad baila a la puerta de su casa al son de la charanga. - Foto: A. del Campo
Trasnochar, levantarse temprano, unirse a la charanga, recorrer las calles y volver a trasnochar, es la rutina de las peñas de Aranda durante los días grandes de la villa

Termina la jornada taurina en Aranda pero no por ello finaliza la fiesta, al revés, todavía queda uno de los momentos más esperados. Y no son los diferentes conciertos y orquestas que contrata el Ayuntamiento, a pesar de que son un gran atractivo fundamental para captar público de fuera. Aunque los espectáculos musicales sean de artistas de la talla de Coque Malla, ningún acto, por cartel que tenga, logra hacer sombra a la bajada de peñas.

Cuando se pone el sol la calle San Francisco se llena de gente, de charangas, de peñistas, de vino, de música, de risas y de bailes, y en ocasiones es difícil hasta ver el suelo. Si miras de un lado a otro de la calle solo se ven cabezas de gente de fiesta. Y el ambiente no puede ser más animado, quizá ni un concierto de La Pegatina conseguiría mejorarlo. La bajada de peñas es una costumbre sin la que los arandinos no entenderían sus fiestas y seguramente tampoco las disfrutarían como lo hacen. Este martes la bajada fue un poco más descafeinada, quizá por la lluvia que amenazó a primera hora de la tarde o quizá por el homenaje a la Reina y Damas de las Fiestas que aguardaba en la plaza Mayor.

Pero un día de Fiestas Patronales para un peñista de Aranda no se reduce solo a la bajada. La jornada empieza mucho antes, a primera hora, a las ocho o nueve de la mañana ya hay cuadrillas realizando las tradicionales dianas: ir con la charanga hasta las casas de la Reina y Damas de las Fiestas para despertarlas y almorzar junto a ellas. 

En el caso de la peña La Amistad esto cambia un poco, su martes empezaba un poco más tarde, con un pasacalles a las once de la mañana que terminaba en el Costaján, en la casa de la reina de su peña. La cuesta se hizo dura para algunos, sobre todo para los que habían trasnochado más. Pero todos encontraron su recompensa en el garaje de su reina: un almuerzo con torreznos, morcilla, huevos, jamón, tortilla... y cómo no, vino y cerveza, porque «el agua estropea los caminos», según se escuchaba en boca de algún socio. Antes, a la puerta de la casa, fue el momento en el que la reina bailó al son de la charanga para dar la bienvenida a los peñistas. El ambiente fue creciendo y los temas pasaron incluso de instrumentales a cantados, nadie se resistió a entonar Un beso y una flor de Nino Bravo.

Algunos socios de La Amistad pudieron estirar más el almuerzo y el pasacalles posterior, otros, sin embargo, tuvieron que abandonarlo antes para empezar a preparar otra comida. En este caso una chuletada en el centro de Aranda. Tras reposar, o no, la parrillada, tocaba subir a la plaza de toros y esperar a que acabaran los rejones para, ahora sí, celebrar la bajada. «Esto es un no parar», confesaban desde la peña.

«Nosotros arrancamos un poco más tarde que las peñas que hacen dianas, pero damos pasacalles y ya es todo seguido. Almorzamos, luego comida, en este caso chuletada. Cuando acabe vamos a la corrida justo para los toros, después la bajada, después homenaje a la Reina y Damas. Eso este martes, pero cualquier otro día estaríamos en la bodega tras la bajada. Nuestra bodega es muy activa, siempre está llena de gente. Estamos hasta las tres o cuatro de la madrugada en ella. Luego vamos a verbena y hasta lo que cada uno aguante. Y al día siguiente otra vez a las nueve arriba». Con esta enumeración de actividades relata Ziry, socio de La Amistad, la rutina de un peñista en un día cualquiera de las fiestas patronales de Aranda.

Un peñista en la capital ribereña sabe cuándo empieza el día pero no cuándo lo terminará. Pueden ocurrir muchos imprevistos, como por ejemplo el que le pasó ayer a La Amistad al empezar su pasacalles matinal: encontrarse de cara con la charanga de otra peña, lo que obliga inevitablemente a detenerse y tocar unos temas juntos. La bajada es otra incertidumbre, como admiten los propios peñistas «nunca sabes cuánto va a durar: puede terminarse en poco más de una hora o alargarse hasta las cuatro horas». De lo que no hay duda es de que ningún arandino disfrutaría igual las fiestas sin las charangas o el porrón de vino. «El pañuelo se pone al inicio de las fiestas y no se quita hasta que terminan», señala otro vecino. Ellas, las peñas, son las fiestas de Aranda en sí, y para vivir estas en su plenitud hay que estar en las peñas, o por lo menos entre ellas.

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